A las siete de la mañana el barrio de San Lorenzo todavía huele a café y a polvo, pero al cruzar la esquina de Benito Juárez 23 el aire se vuelve salado, cargado de vapor de camarones que se fríen en la cocina de Pescados y Mariscos Tío Froy. Los niños del puesto de la esquina ya juegan al fútbol mientras la puerta se abre y una fila de clientes habituales se alinea bajo el toldo azul. Dentro, el sonido de una canción norteña se mezcla con el chisporroteo de la plancha, y el mostrador de madera revela una vitrina repleta de pescados recién traídos del mercado de la mañana.

El lugar es una familia que ha pasado la receta del pulpo a la parrilla de generación en generación. Cada pieza se cocina lentamente, adquiriendo una capa crujiente que deja al paladar con una sensación de mar y humo. Un cliente comentó: “El pulpo a la parrilla tiene una textura perfecta, jugoso por dentro y crujiente por fuera”. Otro visitante, que viene todos los viernes, dice: “Los camarones al ajillo son una delicia, no hay nada igual en la zona”. Una tercera voz, más reciente, añade: “El ambiente de música norteña me hace sentir en casa, como si estuviera en una reunión familiar”. Estas opiniones reflejan la constancia de un sabor que no cambia, aunque el local haya crecido y ahora cuente con mesas de hierro y una barra de servicio que nunca se detiene.
El menú, aunque sencillo, está pensado para la gente que busca rapidez sin sacrificar calidad. El plato estrella, el pulpo a la parrilla, se sirve con una salsa de chile guajillo que le da un toque picante que corta la grasa del marisco. A su lado, una porción de camarones al ajillo se baña en mantequilla y ajo, y el arroz a la mexicana acompaña como base neutra. Los precios se sitúan en la zona $$, lo que permite que una familia de cuatro pueda disfrutar de una comida completa sin que la cuenta pese demasiado. La carta también incluye tacos de pescado, ceviche de camarón y una sopa de mariscos que calienta el cuerpo en los días más frescos.
Al mediodía el local se llena de trabajadores de la zona que vienen a cargar energía antes de la jornada. La rapidez del servicio permite que en menos de quince minutos se tenga el plato en la mesa, mientras el personal, siempre con una sonrisa, pregunta por la familia y recomienda el postre del día: un flan de cajeta que, según una reseña, “cierra la comida con un toque dulce que no compite con el sabor del mar”. La atención personalizada, la música que nunca falta y el olor persistente a mar hacen que cada visita sea una pequeña celebración.
Al caer la tarde, cuando el sol se cuela entre los edificios de San Lorenzo, el ruido disminuye y el local se vuelve más íntimo. Los clientes habituales se sientan en la barra, comparten anécdotas y esperan el siguiente turno de pescado fresco. Yo me quedo un momento más, observando cómo el chef, Tío Froy, corta el último filete de pescado del día y lo coloca en una bandeja de madera. En ese instante entiendo por qué este lugar se ha convertido en un punto de referencia: no es solo la comida, es la comunidad que se reúne alrededor de ella.
Salgo a las ocho y media, con el sabor del mar todavía en la boca y la promesa de volver la próxima semana. La calle ya se vuelve a llenar de aromas urbanos, pero el recuerdo del pulpo crujiente y la música norteña siguen acompañándome mientras cruzo la avenida, sabiendo que en Benito Juárez 23 siempre habrá un lugar donde la familia y el mar se encuentran.






