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Un amanecer dulce en Vulevú Bakery

Una mañana en la Roma Norte se llena de aromas a masa recién horneada y café de matcha, mientras la fila de clientes espera su porción de pastel de limón.

A las siete de la mañana, la calle Córdoba ya vibra con el sonido de bicicletas y el olor a pan recién salido del horno. Dentro de Vulevú Bakery, la barra de madera brilla bajo la luz tenue que se cuela por las ventanas altas. Un par de estudiantes con mochilas de colores comparten una mesa mientras revisan sus laptops, y una pareja mayor charla animada sobre el plan del día. El aire está cargado de mantequilla, azúcar y una nota cítrica que proviene del mostrador donde reposa el pastel de limón recién glaseado.

El origen de Vulevú es una historia que escuché de la dueña, quien abrió el local después de varios años trabajando en panaderías de París. Decidió traer a la Roma Nte. una mezcla de técnicas francesas y sabores locales. El menú, disponible en su sitio web, muestra una selección que incluye brioche, almond croissant y el inesperado kouign‑amann, ese pastel de mantequilla caramelizada que muchos clientes describen como "una explosión de crujido y suavidad". El pastel de limón, con su base de masa hojaldrada y relleno de crema de limón brillante, cuesta alrededor de $70 y se sirve con una ligera capa de merengue que se funde al primer bocado.

Los comentarios de los comensales son un coro de elogios. Una reseña reciente dice: "El matcha latte aquí es como un abrazo cálido, la espuma es cremosa y el sabor del té está perfectamente equilibrado". Otro cliente menciona que "el almond croissant tiene una almendra tostada que hace que cada mordida sea una sorpresa". Un tercer visitante asegura que "la focaccia de romero es el acompañamiento ideal para cualquier café, su interior es esponjoso y la corteza crujiente". Estas voces revelan una atmósfera relajada donde la gente vuelve no solo por la calidad del pan, sino por la sensación de pertenencia que se respira entre mesas.

Al mediodía, la barra se vuelve más animada. Los locales se alinean para pedir el crookie, una versión local del cookie que combina chocolate y trozos de fruta roja. El precio ronda los $55, y su textura crujiente por fuera y suave por dentro lo convierte en el compañero perfecto para el café de origen mexicano que se sirve en tazas de cerámica artesanal. En la esquina del local, una vitrina exhibe la raspberry tart, cuyo color rojo intenso contrasta con la base de masa quebrada; el precio es de $80 y suele agotarse rápido.

Al cerrar las puertas a las nueve de la noche, la luz se atenúa y el aroma a pan se vuelve más profundo, como si la masa hubiera absorbido las historias del día. Los últimos clientes se despiden con una sonrisa, llevando en sus bolsas una bolsa de croissants que crujen al caminar. Salgo de Vulevú con la sensación de haber participado en un pequeño ritual matutino que, aunque sencillo, deja una huella dulce en la memoria.

Regreso a la calle Córdoba, ahora más silenciosa, y recuerdo la primera mordida del pastel de limón: la acidez del cítrico, la suavidad del merengue y el crujido de la base. Ese momento, capturado entre el bullicio y la calma, resume lo que hace a Vulevú Bakery especial: una combinación de técnica, sabor y comunidad que se siente en cada bocado.

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