A las 9 AM, la fila frente a La Pitahaya Vegana ya se extiende por la acera de la colonia Roma. El murmullo de la gente que habla de planes de trabajo se mezcla con el vapor que sube del gran caldero de pozole vegano. El olor a maíz, chiles y hierbas frescas corta el aire de la ciudad y atrae a estudiantes, oficinistas y a la pareja que siempre viene los domingos.
El pozole que sirve el lugar es una versión totalmente vegetal, pero conserva la profundidad del caldo tradicional. Cada cucharada lleva granos de maíz pozolero reventados, tiras de tofu marinado en achiote, y una lluvia de lechuga finamente picada, rábanos crujientes y orégano seco. El precio es de MXN 80, lo que lo coloca en la gama más accesible de la zona. El toque final llega en forma de lima recién exprimida que corta la grasa del tofu y realza el picante del chile guajillo. La textura es una combinación de suavidad del maíz y firmeza del tofu, mientras que el sabor alterna entre dulce, ahumado y picante, creando una experiencia que recuerda a la cocina de casa.
Fundada en 2019 por la chef Ana López, La Pitahaya Vegana nació de la necesidad de ofrecer opciones sin carne que no sacrificaran el sabor de los platillos típicos. Ana, criolla de Puebla, estudió gastronomía en la Universidad del Valle de México y decidió combinar su amor por la cocina tradicional con su estilo de vida vegano. El local, decorado con plantas colgantes y murales de colores vivos, refleja esa fusión de lo antiguo y lo moderno. En la pared principal se lee una frase que ella misma escribió: “Comer sin crueldad, saborear la tradición”.
Los clientes habituales hablan de la comunidad que se forma alrededor del caldo. “Cada vez que vengo, el personal me saluda por nombre y me recomienda la nueva salsa de aguacate”, comenta Luis, quien visita el sitio casi a diario. María, estudiante de arquitectura, asegura que “el pozole es mi refugio después de largas jornadas; el caldo caliente me devuelve la energía”. Otro visitante, Carlos, menciona que “el ambiente relajado y la música suave hacen que la comida sea más que una comida, es un momento para desconectar”. Estas voces revelan que el éxito del lugar no depende solo del plato, sino del sentido de pertenencia que genera.
Al cerrar la tarde, la luz dorada del atardecer se cuela por las ventanas y el bullicio disminuye. Las mesas quedan ocupadas por grupos que aún comparten historias mientras terminan el último trago de agua de horchata. El caldo sigue burbujeando en el caldero, listo para la siguiente ronda. Salir de La Pitahaya Vegana con el sabor del pozole todavía en la boca es sentir que se ha probado una pieza auténtica de la cultura mexicana, reinterpretada para los tiempos de hoy.






