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Close-up of delicious barbacoa tacos on a red plate with fresh lime in Ciudad de México.Destacado

Porco Rosso: un rincón de barbacoa en la Roma

Una tarde de viernes en la Roma Norte, el humo de la parrilla y el crujido del elote recién asado convierten a Porco Rosso en un punto de encuentro para los amantes del asado.

A las siete de la tarde, la calle Zacatecas vibra con el sonido de mesas que se llenan y el aroma a leña que se cuela entre los edificios de la Roma Norte. En la puerta de Porco Rosso, los clientes se acomodan en sillas de metal mientras el chef corta tiras de carne y el humo se mezcla con el perfume del cilantro. El lugar está lleno de risas, el tintineo de vasos de cerveza artesanal y el murmullo de conversaciones que hablan de trabajo, de fútbol y de la mejor forma de comer un buen elote.

Porco Rosso nació de la pasión de dos hermanos que crecieron en el norte del país y decidieron traer a la capital la tradición de la barbacoa al estilo de su tierra. El menú, disponible en su sitio web, destaca el “Elote al carbón” y los “Costillares ahumados”, platos que los comensales describen como jugosos y con una capa de sabor ahumado que se queda en la boca. El precio de los costillares ronda los $250 pesos, una cifra que muchos consideran justa para la calidad de la carne y la atención al detalle. La barra ofrece una selección de cervezas artesanales locales que complementan la intensidad del asado.

Los visitantes habituales hablan de la constancia del sabor. Uno comenta que el elote, bañado en mantequilla y chile, “es como un festival de texturas: crujiente por fuera, tierno por dentro”. Otro recuerda la primera vez que probó los costillares y asegura que “la carne se desprende del hueso sin esfuerzo”. Un tercer cliente menciona que el ambiente de Porco Rosso lo hace volver cada fin de semana, porque “el ruido de la parrilla y el olor a leña son una señal de que la cena será buena”. Estas voces reflejan una comunidad que valora tanto la comida como el espacio para compartir.

Dentro, la decoración es sencilla: mesas de madera, luces colgantes y una pared de ladrillo visto donde se pueden ver los utensilios de la cocina. El chef, de pie frente a la parrilla, maneja los cortes con precisión, volteándolos con una espátula mientras charla con los clientes que se acercan al mostrador. La atención es rápida, y a las diez de la noche la mayoría de las mesas ya están vacías, dejando solo el eco de la música de fondo y el chisporroteo de la brasa.

Al cerrar, el humo se disipa y la calle vuelve a su ritmo habitual, pero el recuerdo del sabor ahumado y la sensación de haber compartido un momento auténtico permanece. Porco Rosso no es solo un restaurante de barbacoa; es un punto de encuentro donde la carne, la cerveza y la conversación se mezclan en una experiencia que invita a volver, una y otra vez.

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