A las siete de la tarde, la calle de Colima vibra con el murmullo de la gente que regresa del trabajo. Entre el tráfico y los vendedores ambulantes, el aroma a fruta fresca y azúcar quemada guía mis pasos hacia La Pitahaya Vegana. La puerta de cristal deja ver una fila de clientes que esperan su turno, y el sonido de una batidora de mano marca el ritmo de la tarde.
Al entrar, la luz natural se cuela por las ventanas altas, iluminando una barra de madera donde se exhiben frascos de jarabes y tazones de toppings. El mostrador está repleto de colores: el rosa intenso de la pitahaya, el verde de la menta y el blanco de la crema de coco. El postre estrella, el "Helado de Pitahaya con crumble de almendra" cuesta MXN 85 y llega en una copa de vidrio que resalta su tono rosado. Cada cucharada combina la suavidad del helado con el crujido del crumble, mientras la frescura de la fruta se mezcla con la dulzura de la leche de coco. Un cliente comenta: "El helado es como morder una nube de fruta, la textura es perfecta".
Los visitantes habituales hablan del ambiente relajado. Una reseña dice: "Me encanta venir después del trabajo, el personal siempre tiene una sonrisa y la música indie de fondo crea una atmósfera íntima". Otro cliente menciona: "El brownie vegano de chocolate amargo, a MXN 70, es denso y húmedo, con trocitos de nuez que le dan cuerpo". La tercera cita de un crítico gastronómico señala: "La combinación de sabores locales con técnicas modernas hace que cada postre sea una sorpresa". Estas voces reflejan una comunidad que valora la calidad y la creatividad sin comprometer la ética vegana.
Detrás del mostrador, la fundadora comparte su historia: creció en la Ciudad de México rodeada de mercados de frutas y decidió abrir La Pitahaya Vegana para ofrecer opciones dulces sin ingredientes de origen animal. Su visión se traduce en cada detalle, desde los vasos reutilizables hasta los envases compostables. En los fines de semana, el local se llena de familias y estudiantes que buscan un capricho saludable, mientras el aroma a pitahaya se mezcla con el sonido de conversaciones animadas.
Al salir, el cielo se tiñe de naranja y la calle sigue su curso. Llevo en la mano la copa del helado, aún tibia por la luz del atardecer, y una sensación de satisfacción que va más allá del sabor. La Pitahaya Vegana no es solo un puesto de postres; es un punto de encuentro donde la tradición frutal se reinventa en cada cucharada, y donde cada visita se siente como volver a casa.






