A las 9 AM del sábado, la calle Justo Sierra vibra con el sonido de los vasos chocando y el murmullo de la gente que llega buscando el mejor pozole de la ciudad. En Casa Licha Pozole, la puerta de madera cruje al abrirse y una nube de vapor perfumado con maíz, chile y carne de cerdo se escapa, invitando a los transeúntes a entrar. Un grupo de abuelos se sienta en la barra, mientras jóvenes con mochilas revisan sus teléfonos, todos con la misma expectativa: el primer sorbo del caldo.
El pozole rojo de Casa Licha es la estrella. Servido en un tazón de barro, el caldo tiene un color profundo y un sabor que combina el picor del chile guajillo con la suavidad del maíz reventado. Cada cucharada lleva trozos de carne tierna que se desprenden al contacto con la cuchara. Sobre la superficie, una capa de lechuga fresca, rábanos en rodajas y un chorrito de limón añaden contraste crujiente y ácido. El precio ronda los MX$150, dentro del rango de MX$100–200 que maneja el local. Los clientes repiten la visita por esa combinación de textura y sabor que evoca los domingos familiares.
Una reseña reciente comenta: “El pozole de Casa Licha me recordó a los domingos de mi infancia, el caldo estaba perfecto y la atención muy cálida”. Otro cliente escribe: “Llegué con hambre y salí satisfecho; los pequeños chalupas que sirven al lado son el acompañamiento ideal”. Una tercera opinión señala: “El ambiente de la zona y la rapidez del servicio hacen que vuelva cada fin de semana”. Estos testimonios reflejan una comunidad que valora la autenticidad y la constancia. La mayoría de los visitantes llegan entre la mañana y el mediodía, cuando el local abre sus puertas y la fila comienza a formarse bajo el sol.
Detrás del mostrador, la dueña, Licha, comparte su historia. Creció en Guerrero, donde aprendió a cocinar pozole con su abuela. Decidió trasladar esa herencia a la capital y, en 2015, abrió el pequeño restaurante en Iztapalapa. La decoración es sencilla: paredes pintadas de blanco, fotos en blanco y negro de la familia y una estufa de gas que nunca se apaga. Cada detalle habla de una cocina casera, sin pretensiones, enfocada en el plato principal. Los domingos, el local se llena de familias que llegan temprano para asegurar su tazón antes de que se agote.
Al cerrar la puerta a las 9 PM, el aroma persiste en el aire y los clientes salen con la sensación de haber compartido algo más que comida. La experiencia en Casa Licha Pozole no es solo el pozole; es la conversación, el recuerdo y la sensación de pertenencia a una comunidad que celebra la tradición con cada cucharada.






