A las siete de la tarde, el patio del Casa Club del Académico se llena de risas y el aroma a parrilla que se mezcla con el perfume de los jazmines que bordean la entrada. Familias con niños, estudiantes de la Universidad Nacional y grupos de colegas se acomodan bajo las mesas de madera, mientras el sol se cuela entre los árboles y crea sombras que bailan sobre los manteles. El sonido de una canción de mariachi que suena de fondo se funde con el crujido de las sillas al moverse, creando una atmósfera que se siente tanto como un café de barrio como una celebración de la vida cotidiana.

El Casa Club del Académico es conocido por su buffet de estilo gourmet, una propuesta que combina platos tradicionales con toques contemporáneos. En el centro del salón, una larga barra exhibe una selección de guisos, ensaladas frescas y postres caseros, todo a precios que oscilan entre los 100 y 200 pesos. Los comensales destacan la calidad de la carne asada, jugosa y bien sazonada, y la frescura de la sopa de verduras que se sirve caliente en tazones de barro. La variedad permite que cada visita se sienta diferente, aunque el encanto del lugar permanece constante.
Los comentarios de los clientes resaltan la atención del personal y el ambiente familiar. Una visitante escribió que el servicio es "cálido y atento, como en casa", mientras otro cliente recordó que el restaurante es "el punto de encuentro ideal después de las clases en la universidad". Un tercer reseñista elogió el jardín, describiéndolo como "un oasis verde que invita a quedarse más tiempo". Estas voces recurrentes dibujan un retrato de un espacio donde la comida y la comunidad se entrelazan.
Detrás del éxito está la historia de una familia que abrió sus puertas en los años noventa, cuando el campus universitario empezaba a expandirse. Desde entonces, el restaurante ha mantenido su esencia: un menú buffet que se adapta a los gustos cambiantes sin perder la calidad. Los propietarios hablan de la importancia de conservar recetas heredadas, como el mole de la casa, que se cocina lentamente en una olla de barro y se sirve con arroz blanco recién hecho. Cada plato lleva el sello de una cocina que valora la tradición y la generosidad.
Al caer la noche, el patio se ilumina con faroles de hierro y la música se vuelve más suave. Los niños ya se han ido, pero los adultos siguen conversando, compartiendo anécdotas y disfrutando de una taza de café con canela. La experiencia se cierra con la sensación de haber sido parte de una comunidad que se reúne alrededor de la mesa, donde el tiempo parece detenerse por un momento. Volver al Casa Club del Académico es regresar a un recuerdo familiar, una pieza viva de la vida en Coyoacán.






