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Frente del puesto Rolando Nieves y sus Marquesitas en Av. Ensenada, con la fila de clientes y la máquina de helado en acciónDestacado

Un paseo dulce por la marquesita de Rolando Nieves en Tijuana

En una tarde de calor, la fila frente a Rolando Nieves y sus Marquesitas se vuelve parte del ritual de los tijuanaenses que buscan el crujido y la frescura de sus postres.

A las siete de la tarde, el sol se cuela entre los árboles de Av. Ensenada y el aroma a azúcar quemada envuelve la acera. Un grupo de jóvenes, una pareja de ancianos y un turista con cámara forman una fila que se extiende hasta la esquina. El sonido de la máquina que enrolla el helado se mezcla con risas y el tintinear de vasos de plástico. En ese momento, el crujido de la marquesita recién hecha marca el inicio de la experiencia.

Primer plano de una marquesita de fresa en el mostrador, mostrando la masa crujiente y las fresas frescas

Rolando Nieves abrió su puesto hace más de una década, y la historia se cuenta en cada capa de masa crujiente que se dobla alrededor del relleno. La marquesita de fresa, su firma, combina una masa ligera con fresas frescas y un toque de crema. Al morder, la masa cruje y deja pasar el dulzor ácido de la fruta, mientras la crema aporta suavidad. Otro favorito son los cheesecake pops, bolitas de queso crema congelado cubiertas de chocolate y decoradas con trocitos de brownie; la combinación de frío y textura cremosa contrasta con el crujido exterior.

“Me encantó la textura crujiente de la marquesita”, dice una clienta. El pop de cheesecake es el mejor postre que probé en Tijuana. Siempre hay fila, pero vale la espera. La gente valora la variedad de sabores y la presentación cuidadosa, aunque algunos mencionan tiempos de espera largos los fines de semana.

El interior del puesto, aunque pequeño, está decorado con manteles y una pizarra con los sabores del día. La gente se apoya en la barra mientras observa cómo Rolando extiende la masa con una destreza que parece una danza. Cada giro revela una nueva forma, y los niños observan con los ojos brillantes, esperando su turno para probar la siguiente creación.

Al cerrar a las ocho, la calle se vuelve más fresca y el olor a azúcar se disipa lentamente. Los clientes salen con una bolsa de papel que cruje al caminar, y el sonido se mezcla con la brisa nocturna. La experiencia no es solo el postre; es el ritual de esperar, observar y compartir un momento dulce en medio del bullicio de Tijuana. Cada visita deja una sensación de satisfacción que invita a volver, a probar la siguiente combinación de sabores que Rolando prepara con la misma pasión de siempre.

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