A las siete de la mañana el sol apenas roza la Vía Rápida Ote. y el local ya vibra con el sonido de la cocina. El mostrador de acero refleja luces tenues mientras el chef corta camarones frescos. En la mesa de la barra, un grupo de amigos ríe mientras el vapor de la sopa de pescado se eleva, llenando el aire de sal y hierbas. La escena se siente como un ritual diario, un pequeño escape del ruido de la ciudad.

Cuando el reloj marca las tres de la tarde, la terraza se llena de familias y trabajadores que buscan una pausa. El plato estrella, el ceviche de camarón, llega en una copa de vidrio con cubitos de hielo. Cada camarón está bañado en jugo de limón, cilantro picado y rodajas de jalapeño; el sabor es ácido, picante y refrescante al mismo tiempo. El precio ronda los 180 pesos, lo que lo coloca cómodamente en la categoría $$. Camilo comenta: “El ceviche es tan fresco que casi puedo oír el mar”. Salomon añade: “El equilibrio entre el limón y el chile es perfecto, nunca he probado nada igual”.
El menú también ofrece tostada de atún, una pieza crujiente de maíz coronada con atún rojo, aguacate y salsa de soja, que cuesta aproximadamente 200 pesos. En la esquina de la carta, el pulpo a la parrilla, servido con papas doradas y una salsa de ajo, llega por unos 250 pesos. Jasmine escribe: “El pulpo está tierno, la piel crujiente, una combinación que me hace volver”. Cada plato lleva la firma de un equipo que respeta la tradición pesquera de la región, pero sin perder la creatividad.
Durante la hora de la cena, la luz se atenúa y la música suave de boleros se cuela entre los cubiertos. Los clientes habituales, como Griselda, suelen pedir el cóctel de camarón con una rodaja de lima y una pizca de sal de mar; ella dice: “Es el mejor cóctel que he probado en Tijuana”. El servicio, rápido y amable, mantiene la energía del lugar sin perder la calidez. El interior, con mesas de madera y paredes decoradas con redes de pesca, invita a quedarse más tiempo, a observar el ir y venir del personal.
Al cerrar las puertas a las diez de la noche, la fachada iluminada sigue brillando en la Vía Rápida. El recuerdo del aroma a mar persiste, y la promesa de volver se siente tan segura como la marea. Villa Marina Península no es solo un restaurante; es un punto de encuentro donde el mar llega a la ciudad y cada visita deja una historia en el paladar.






