A las 7 am, la luz tibia se cuela por las ventanas de Cabanna y el aroma a mar abierto se mezcla con el perfume del café recién hecho. Los primeros clientes, locales con sus bicicletas y turistas con mochilas, se acomodan en la barra mientras el chef corta finas láminas de atún azul para el tiradito que pronto servirá. El sonido de las campanas de la cocina marca el ritmo del día y yo, con una taza en mano, observo cómo el personal se mueve con confianza.
El menú, disponible en línea, revela una carta de mariscos que combina tradición y audacia. El plato estrella es el tiradito de atún azul, servido a 180 pesos, con una salsa de cítricos y un toque de jengibre que despierta el paladar. La textura del pescado, casi translúcida, se funde con la acidez del aderezo y el crujido de la cebolla morada encurtida. Otro favorito son los tacos de camarón, 85 pesos cada uno, acompañados de una salsa de mango que equilibra dulzura y picante. Los comensales repiten porque el sabor es consistente y la presentación, simple pero cuidada, invita a volver.
Los comentarios de los clientes hablan por sí mismos. Un visitante escribió que la "cocina es una explosión de frescura" y otro elogió el "servicio rápido y amable" durante la hora del almuerzo. Un tercer reseñista destacó la "variedad de salsas artesanales" que acompañan cada plato, señalando que la relación calidad‑precio es excelente para la zona de Neidhart. Estas opiniones reflejan un ambiente relajado donde la gente se queda tanto por la comida como por la vibra del lugar.
Detrás de la barra, el propietario, originario de la costa del Pacífico, cuenta que abrió Cabanna en 2015 para compartir su amor por los mariscos de la región. La decoración es mínima: mesas de madera clara, paredes con azules que recuerdan al océano y una barra de acero donde se preparan los platos al momento. La música de fondo, una mezcla de boleros y indie local, crea un telón sonoro que complementa la experiencia sin opacar la conversación.
Al cerrar la jornada, alrededor de las 11 pm, la luz tenue vuelve a envolver el espacio y los últimos clientes saborean un postre de dulce de leche con una pizca de mezcal. Salgo de Cabanna con el recuerdo del sabor del atún, la calidez del servicio y la certeza de que este rincón marino seguirá siendo mi parada obligada cada vez que recorra Tijuana.






