A las siete de la tarde, el bullicio de Av. Emilio Castelar se vuelve un susurro cuando entro a Parole. El aroma a salsa de tomate recién cocida se mezcla con el perfume sutil del pan recién horneado, y un violinista en la esquina del salón empieza a tocar una pieza de ópera que parece envolver a los comensales. La luz cálida de los candelabros refleja en las mesas de mármol mientras la gente, desde parejas hasta grupos de amigos, se acomoda en los asientos de cuero.
El menú, que oscila entre $700 y $800, ofrece clásicos italianos reinterpretados. Pedí el tagliolini al limone, una pasta delgada que llega al plato con una salsa de mantequilla, limón y parmesano que brilla bajo la luz. Cada bocado era una combinación de acidez vibrante y cremosidad, el limón picando justo lo necesario y el queso añadiendo un toque salado que hacía bailar al paladar. Un cliente en la mesa de al lado comentó: "La pasta al limone es una sinfonía de sabores, la textura es perfecta". Otro visitante, que había venido por la música, añadió: "El violinista crea el fondo perfecto, casi como si la comida tuviera su propia partitura". Una tercera reseña que leí en la pared decía: "Volveré por la carbonara, está cremosa y el toque de panceta es auténtico".

Parole abrió sus puertas a las doce del mediodía y permanece hasta las dos de la madrugada, lo que permite que tanto el almuerzo de negocios como la cena tardía encuentren su lugar. La atención es rápida; el camarero, con una sonrisa, explicó el origen de cada ingrediente, y la cocina, visible a través de una gran ventana, muestra a los chefs moviendo la masa con destreza. En una reseña reciente, una clienta escribió: "Me sentí como en una trattoria de Roma, pero con el encanto de Polanco". La combinación de la música en vivo y la comida bien ejecutada crea una experiencia que muchos describen como "un pequeño viaje a Italia sin salir de la ciudad".
Al regresar a la mesa después de probar el tiramisú, que llega en una copa de cristal con capas de mascarpone y cacao, recuerdo la primera vez que crucé la puerta: la curiosidad por el violín y la promesa de una cena italiana. Ahora sé que el encanto de Parole no está solo en la comida, sino en la escena completa: la arquitectura de mármol, la luz tenue y la música que parece acompañar cada plato. Cada visita revela algo nuevo, ya sea una nueva canción del violinista o un detalle del menú que no había notado antes.
Al cerrar la noche, el sonido del violín se desvanece mientras la calle se vuelve más silenciosa. Salgo con la sensación de haber vivido una pieza musical en la que la comida y la melodía se entrelazan. Parole no es solo un restaurante italiano; es un escenario donde los sabores cantan y los recuerdos se quedan resonando mucho después de que la última nota se apague.






