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A joyful couple shares a dessert at a colorful café in Mexico City, CDMX.Destacado

La magia helada de Frody en Narvarte

Una tarde de calor en la Narvarte se vuelve una fiesta de sabores cuando el helado artesanal de Frody transforma la calle en un rincón de sorpresas.

A las cuatro de la tarde, la calle Cumbres de Maltrata vibra con el sonido de pasos y risas. Dentro de Frody, el aroma a leche fresca y azúcar tostada se mezcla con el perfume dulce del taro y el toque ácido del chamoy. Un grupo de estudiantes, con mochilas al hombro, se agolpa alrededor del mostrador mientras el personal sirve copas de helado en vasos de vidrio que chispean bajo la luz tenue.

Frody nació hace varios años cuando dos amigos decidieron convertir su pasión por los postres en un experimento de sabores latinos y asiáticos. Hoy, su carta destaca el helado de taro con una capa de chamoy y granitos de chile, una combinación que los clientes describen como "una explosión de frescura y picante que baila en la lengua". El precio ronda los $85, lo que lo sitúa en la categoría de indulgencia accesible para la mayoría. Otro favorito es el helado de algodón de azúcar, que se derrite como nube dulce y deja una sensación aterciopelada que recuerda a los feriales de la infancia.

Los comentarios de los visitantes pintan un retrato vibrante del lugar. "El helado de taro es una sorpresa que no esperaba, me transportó a otro continente", escribe Ana en su reseña de 2023. Carlos, quien viene cada semana, asegura: "El chamoy en el helado es el equilibrio perfecto entre lo ácido y lo cremoso, nunca había probado algo así". Por último, Luisa comenta: "El ambiente es relajado, el personal amable, y el helado de bacon es una locura que vale la pena probar". Estas voces revelan una comunidad que vuelve no solo por los sabores, sino por la energía acogedora que se respira en cada esquina del local.

El interior de Frody combina paredes de ladrillo visto con luces colgantes que crean un juego de sombras sobre los mostradores de acero inoxidable. En una mesa cerca de la ventana, una pareja de turistas comparte un helado de chongos zamoranos, mientras fuera, la calle se llena de vendedores de tacos y el sonido distante de un metro que pasa. Cada visita se siente como una pequeña escapada del bullicio citadino, una pausa para saborear algo inesperado.

Al cerrar la tarde, el sol se cuela entre los cristales y el aroma a helado recién hecho se intensifica. Los clientes se despiden con una sonrisa, llevando en sus manos una copa que todavía vibra con el frescor del taro. La experiencia en Frody no es solo el consumo de un postre; es una conversación entre culturas, una historia que se cuenta con cada cucharada. Volver a este rincón de la Narvarte es regresar a un momento de dulzura inesperada, donde el helado se vuelve protagonista de la vida cotidiana.

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