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Fachada de Amorino en Avenida Prado Norte con su letrero pastel y clientes en la terraza al atardecerDestacado

Un paseo helado por Amorino en Lomas de Chapultepec

Descubre por qué Amorino se ha convertido en el rincón favorito de los amantes del helado en CDMX, entre pistachos cremosos y macarrones dulces.

A las 5 de la tarde, el sol se cuela entre los árboles de la Avenida Prado Norte y el aroma a azúcar quemada y pistacho recién molido invade el aire. En la terraza de Amorino, un grupo de jóvenes con mochilas de universidad y una pareja de jubilados comparten risas mientras esperan su próximo cono. El sonido de la campanilla al abrir la puerta anuncia la llegada de otro cliente, y el mostrador se ilumina con los macarons alineados como pequeñas obras de arte.

Primer plano del helado de pistacho en cono, polvo de pistacho tostado y detalle de la textura cremosa

Amorino llegó a Lomas de Chapultepec hace unos años, inspirado en la tradición italiana pero adaptado al paladar mexicano. Su firma, el helado de pistacho, se sirve en una porción generosa, cubierta de una fina capa de polvo de pistacho tostado que cruje al primer mordisco. La textura es cremosa, casi como una nube que se derrite lentamente, dejando tras de sí un sabor profundo y ligeramente salado que recuerda a los pistachos de la región de Veracruz. Por 95 pesos, el “Pistachio Dream” se lleva en un cono de galleta o en una copa de vidrio, según prefieras.

Interior de Amorino mostrando la barra de macarons coloridos y una mesa con una flor fresca

Los clientes vuelven por más que el helado. “El helado de pistacho es una explosión de sabor”, escribe una reseña en Google, mientras otra comenta: “El personal siempre me recibe con una sonrisa y una flor”. Un tercer comentario destaca los macarons: “Los macarons son tan suaves que se deshacen en la boca”. Estas frases aparecen entre opiniones que resaltan la atención al detalle, desde la presentación impecable hasta los pequeños juegos de mesa que los niños encuentran en las mesas. La combinación de un ambiente relajado y un servicio amable convierte cada visita en una pequeña celebración.

Durante la hora del café, la tienda se llena de estudiantes que piden el “Amorino Mix”, una combinación de tres sabores – mango, coco y pistacho – servida en un vaso. El mango aporta una acidez fresca que corta la dulzura, mientras el coco añade una nota tropical que complementa el pistacho. El precio ronda los 120 pesos, una inversión que muchos consideran justa por la calidad artesanal. En los fines de semana, la fila se extiende hasta la calle y el sonido de la máquina de helado se mezcla con la música suave que emana del interior, creando una atmósfera que invita a quedarse.

Al cerrar las puertas a las 10 p.m., la luz tenue del interior resalta los detalles de la decoración. El recuerdo de la tarde persiste en el paladar y en la memoria: el crujido del pistacho, la suavidad del macaron y la calidez de un saludo sincero. Amorino no es solo una heladería; es un punto de encuentro donde el sabor se vuelve conversación y cada cono cuenta una historia.

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