Son las ocho de la noche y el bullicio de la 5 Av. Norte se vuelve un susurro mientras me acerco a Nicoletta. El letrero de neón parpadea sobre la puerta de madera y una mezcla de pan recién horneado, tomate y ajo me recibe antes de que la puerta se abra. Dentro, la luz cálida de las lámparas cuelga sobre mesas de madera y el sonido de una guitarra italiana se cuela entre las risas de los clientes.
El restaurante nació en 2015 cuando la familia Rossi, emigrada de Milán, decidió traer un pedazo de su tierra a la Riviera Maya. La carta, disponible en https://nicolettarestaurant.com/menu/, muestra clásicos como spaghetti carbonara, risotto de champiñones y la famosa pizza napolitana. El plato estrella, la lasaña de la casa, llega a la mesa en una bandeja de cerámica blanca; capas de pasta fresca, ragú de carne lentamente cocido, bechamel cremosa y mozzarella fundida forman una montaña que huele a tomillo y vino tinto. Cada bocado combina la suavidad de la pasta con la intensidad del ragú, el queso se estira como una promesa y el toque de parmesano rallado al final le da ese golpe salado que hace cerrar los ojos.
Jordan escribe en su reseña: "La lasaña me recordó a la de mi abuela, cada capa tiene su propio sabor y el equilibrio es perfecto". Mirka comenta: "El servicio es rápido y el personal siempre tiene una sonrisa, me sentí como en casa". Mario añade: "El tiramisú es ligero, con café fuerte y cacao amargo, el final ideal después de una cena abundante". Estas voces se repiten en cientos de opiniones y explican por qué la gente vuelve día tras día, a veces para la pizza, a veces solo para una copa de Chianti.
En la barra, el bartender prepara un spritz con Aperol, prosecco y una rodaja de naranja; el color anaranjado brilla contra el vidrio y el aroma cítrico se mezcla con el perfume del pan de ajo que sale del horno cada diez minutos. El menú de vinos incluye opciones italianas y locales, y el precio de la lasaña ronda los 250 pesos, mientras que una copa de vino cuesta 120 pesos. Los precios son justos para la calidad y la ubicación, y el horario de apertura de 1 p.m. a 1 a.m. permite una cena tardía sin prisas.
Al volver a la mesa, la música se vuelve más suave y la gente empieza a despedirse. El camarero apaga las velas y el aroma de la albahaca queda flotando en el aire, recordándome que la experiencia no termina al salir. Nicoletta no es solo un restaurante italiano; es un punto de encuentro donde el sabor, la gente y la historia se entrelazan bajo la luz de la ciudad. Cuando la puerta se cierra y la calle vuelve a su ritmo nocturno, sé que volveré, quizá a la hora de la cena o tal vez para un brunch de panettone al día siguiente.






