A las siete de la tarde el sol ya se cuela entre los balcones coloniales y el sonido de una guitarra eléctrica se cuela por la puerta de ALAMBIQUE Oaxaca, Restobar. La barra está llena de gente que charla en voz alta, el aroma del mezcal recién servido se mezcla con el perfume del mole que se cuece en la cocina. Una pareja de locales ríe mientras espera su orden, y en la esquina un grupo de estudiantes revisa sus notas entre sorbos de cerveza artesanal.

El lugar nació como una apuesta de un grupo de amigos amantes de la música y de los sabores de Oaxaca. Con una carta que combina la cocina tradicional con toques modernos, el restobar abre sus puertas a las 2:30 pm y se mantiene vivo hasta la madrugada del viernes y sábado. El mostrador y las paredes están decorados con elementos que reflejan la atmósfera del lugar. Cada noche una banda de rock local sube al pequeño escenario y el público se mueve al ritmo de los acordes mientras el camarero sirve mezcal en copas talladas a mano.

La tlayuda de tasajo es el plato estrella. Sobre una tortilla gigante crujiente se extiende una capa de frijoles refritos, se añaden tiras de tasajo bien doradas, lechuga fresca, rábanos en juliana y una generosa lluvia de queso Oaxaca. Un chorrito de salsa de tomatillo le da el toque ácido que corta la grasa del tasajo. El precio del plato es de $130 y cada bocado combina la textura crujiente con la suavidad del queso fundido y el sabor ahumado de la carne. Otro favorito es el mole negro, servido con pollo y arroz, cuesta $150 y deja en la lengua notas de chocolate, canela y chile pasilla que se prolongan como un eco de la historia del estado.
Los clientes expresan su satisfacción con el ambiente y la comida. “El mezcal con tamarindo es sorprendente”, comenta un visitante que valora la creatividad del bartender. Otro cliente dice: “La tlayuda es perfecta, el tasajo está en su punto y el ambiente de rock me hizo sentir como en casa”. Un visitante asegura: “Vine por la música, me quedé por el mole; cada cucharada es una sorpresa”. Estas voces reflejan una comunidad que vuelve una y otra vez por la combinación de buena comida, buena bebida y buena vibra.
Al cerrar la noche, las luces se atenúan y el último trago de mezcal se sirve en silencio. El sonido del último acorde se desvanece y la barra queda vacía, pero el recuerdo de la mezcla de sabores y sonidos persiste. Volver a ALAMBIQUE es regresar a esa tarde en que la música y la comida se encuentran, y donde cada visita revela un detalle nuevo, desde la textura de la tlayuda hasta la calidez del personal que siempre tiene una historia que contar.






