A las tres de la tarde, el bullicio del Zócalo se mezcla con el perfume dulce de la fruta. En la calle 20 de Noviembre, frente a la catedral, una fila de niños y adultos se agolpa alrededor del colorido mostrador de Nieves Juanito. El sonido de la cuchara raspando el metal y el crujido de los vasos de papel crean una banda sonora que acompaña al sol que se cuela entre los árboles.
El local, sin pretensiones, lleva el nombre del abuelo que fundó la heladería en los años noventa. La fachada de azulejos blancos muestra el letrero pintado a mano “Nieves Juanito”, y el interior está adornado con fotos en blanco y negro de la familia sirviendo helados a generaciones. Abren de martes a domingo, de 2 a 9 PM, y la gente llega con la misma ilusión de siempre: probar lo que el barrio considera el mejor helado de fresa de la ciudad.
El helado de fresa es la estrella del menú. Cada porción llega en un vaso de vidrio, coronada con una capa de fresas frescas picadas que desprenden un aroma a campo recién cosechado. La primera cucharada derrite el paladar: la leche entera le da cuerpo, la fruta aporta una acidez que equilibra la dulzura, y la textura es tan ligera que parece nieve recién caída. Otros sabores, como el chocolate amargo y la vainilla de la región, aparecen en la vitrina, pero la mayoría de los clientes vuelven por la fresa.
Los visitantes dejan comentarios que resaltan la pureza del sabor y el precio accesible. Un turista menciona que “el helado sabe a infancia”, mientras que una oaxaqueña asegura que “no hay nada comparable en la ciudad”. Otro cliente señala que la atención es rápida y amable, y que el ambiente invita a quedarse charlando hasta el cierre. Estas voces convergen en una sola idea: Nieves Juanito ofrece una experiencia auténtica que trasciende el simple postre.
Al cerrar la puerta a las nueve, la fila se disuelve, pero el eco de las risas permanece. Al volver a pasar por la heladería, ahora bajo la luz tenue de los faroles, se siente la misma calidez que al entrar: el sonido de la cuchara, el aroma a leche y fresa, y la promesa de que, cualquier día, una visita a Nieves Juanito convertirá una tarde cualquiera en una celebración de sabores.






