A las siete de la tarde, el sol se cuela por las ventanas de La Mezcaloteca y el aire se llena del perfume terroso del agave recién molido. Un grupo de amigos se reúne alrededor de la barra de madera, mientras el guía del lugar enciende una vela y empieza a contar la historia de la destilación. El murmullo de la conversación se mezcla con el sonido de los vasos chocando suavemente.

La barra, ubicada en la calle Reforma No. 506, es el corazón del local. Allí, el menú de mezcales se despliega como un mapa de sabores: desde el joven y picante “Espadín” a 180 MXN, hasta el añejo “Tobalá” que cuesta 260 MXN y revela notas de cacao y cuero. La cata guiada, incluida en el precio, invita a los comensales a aprender sobre el proceso de fermentación, mientras el guía responde preguntas con paciencia. Un visitante escribió: “Me encantó la explicación del guía sobre la destilación, nunca había entendido tanto del mezcal”. Otro comentó: “La botella de mezcal que probé tenía sabores a madera y tierra, una verdadera lección para el paladar”. Un tercer crítico añadió: “El ambiente es perfecto para preguntar y aprender, la gente del staff siempre tiene tiempo para explicar”.
El plato estrella, aunque el local es un bar, es el mezcal servido con una rodaja de naranja y sal de gusano, una combinación sencilla que realza el carácter ahumado del licor. La naranja fresca aporta acidez, mientras la sal de gusano aporta un toque mineral que persiste en el fondo. Cada sorbo se siente como una conversación entre el fuego del agave y la frescura cítrica, una experiencia que los clientes repiten una y otra vez.
Durante la hora del rush del almuerzo, la barra se vuelve más animada, pero el ritmo no se pierde. Los clientes habituales llegan a las tres de la tarde para una segunda ronda, mientras el personal sigue ofreciendo catas personalizadas. La Mezcaloteca no solo vende mezcal; vende conocimiento, una comunidad de curiosos que quieren comprender el origen de su bebida favorita.
Al cerrar la noche, el local se ilumina con luces cálidas y la música de fondo se vuelve más suave. Los últimos clientes se despiden con una última ronda de “Tobalá”, y el guía apaga la vela, dejando que el aroma del agave se quede flotando en el aire. Salir de La Mezcaloteca con la sensación de haber aprendido algo nuevo y haber probado uno de los mejores mezcales de la ciudad es una sensación que se lleva en la memoria mucho después de la última gota.






