A las siete de la mañana, el aroma a caldo de pollo y jengibre se cuela por la puerta de Mia Arroz, mientras el sol se asoma tímido sobre los tejados de San Agustín Etla. Un par de ciclistas se detienen, la bicicleta cruza la calle y la gente del mercado vecino pasa arrastrando sus bolsas. Dentro, el sonido de los wok chisporroteando se mezcla con la charla animada de los clientes que ya están degustando su primera taza de té verde.
Mia Arroz abrió sus puertas en 2015, impulsado por una familia que había dejado Vietnam años atrás y buscó recrear los sabores de su tierra natal en Oaxaca. El menú, aunque limitado, destaca por su autenticidad: el Pad Thai, con fideos de arroz al dente, camarones jugosos, cacahuates tostados y una lluvia de lima fresca, se vende a 150 $, mientras que el Pho de res, con caldo claro, finas láminas de carne y hierbas aromáticas, ronda los 180 $. Los comensales vuelven por la textura crujiente del arroz frito, que lleva trozos de piña y salsa de soja ligera, y por el helado de té verde que sirve como cierre refrescante.
“El pad thai tiene un sabor que recuerda a la calle de Ho Chi Minh”, escribe una reseña en la que el autor elogia la combinación de dulce y picante. Otro cliente destaca que “el ambiente con el estanque al fondo es muy relajante”, señalando cómo la pequeña fuente interior aporta una sensación de frescura que contrasta con el bullicio exterior. Una tercera opinión afirma que “el helado de té verde al final de la comida es una delicia”, subrayando la atención al detalle en cada plato.
Durante la hora del almuerzo, el patio se llena de familias locales que buscan una escapada de los tacos tradicionales. Los niños se sientan en sillas de plástico mientras sus padres discuten el precio razonable, que se sitúa entre 100 y 200 $, y la calidad del servicio, siempre rápido y amable. El personal, formado en técnicas de cocina asiática, no duda en explicar la procedencia de los ingredientes: el cilantro fresco proviene de huertos cercanos y los fideos son importados directamente de Vietnam. La atención al detalle se percibe también en la presentación: cada plato llega en un cuenco de cerámica blanco, adornado con ramitas de cilantro y rodajas de lima que invitan a exprimir justo antes de probar.
Al caer la tarde, el flujo de gente disminuye y el silencio se vuelve más palpable. El chef, de pie frente al wok, prepara una nueva tanda de Pad Thai mientras una pareja mayor observa, recordando sus viajes al sudeste asiático. El sonido del aceite chisporroteando marca el ritmo del lugar, y el vapor que se eleva lleva consigo promesas de sabores que aún quedan por descubrir. Salir de Mia Arroz a las ocho de la noche deja una sensación de haber viajado sin mover los pies, con el paladar satisfecho y la curiosidad despertada para volver a probar otro plato.
Mia Arroz no es solo un restaurante chino; es un punto de encuentro donde la tradición vietnamita se funde con la calidez oaxaqueña, creando una experiencia que trasciende la comida y se vuelve parte del tejido cotidiano de la ciudad.






