A las siete de la mañana, la calle Reforma ya vibra con el sonido de los pasos y el clamor de los vendedores. En la esquina, Los Pacos abre sus puertas y el aire se llena de humo de mezcal y la fragancia terrosa del mole negro que cuece lentamente. Los locales se agolpan en la barra de madera, algunos con una taza de café, otros con la mirada fija en la tlayuda que llega recién salida del comal. El murmullo de conversaciones se mezcla con el crujido de las tortillas al romperse.

Detrás del mostrador, el propietario, un hombre de ojos vivaces, cuenta cómo nació el negocio hace veinte años, inspirado por la cocina de su abuela. La carta es corta pero contundente: tlayuda de mole negro con queso Oaxaca, chapulines crujientes y una porción de guacamole. El mole, oscuro como la noche, combina chocolate, chiles secos y especias, creando una explosión de sabores que se extiende por el paladar. Un cliente escribe: “El mole negro de Los Pacos es una sinfonía de sabores, cada bocado me transporta a mi infancia”. Otro visitante añade: “Los chapulines están perfectamente tostados, aportan un toque de tierra que equilibra la riqueza del mole”. Una tercera reseña señala: “El ambiente es cálido, la atención rápida, y la tlayuda, simplemente imperdible”.

Los Pacos se ha convertido en punto de encuentro para estudiantes, artistas y trabajadores del mercado cercano. Durante la hora del almuerzo, la fila se alarga y la conversación gira en torno a la mejor forma de acompañar el mole: con una copa de mezcal de agave espadín o con una cerveza artesanal de la región. El interior refleja la sencillez de la cocina tradicional, mientras que la música de marimba que suena de fondo invita a quedarse un rato más.
Al caer la tarde, el aroma del mole se vuelve más intenso. Los comensales habituales llegan a contar anécdotas, mientras los turistas se aventuran a probar la famosa tlayuda por primera vez. Un grupo de amigos comenta que la combinación de mole coloradito y tlayuda es “una experiencia que no se olvida”. La atención sigue siendo amable y sin prisas, como si cada plato fuera una conversación entre el chef y el comensal.
Cuando finalmente el día llega a su fin, la calle se calma y Los Pacos cierra sus puertas. El recuerdo del mole negro persiste, y la promesa de volver mañana se siente en el aire. Salir de allí con el sabor del mezcal en la boca y el eco de las risas en la cabeza es comprender por qué este lugar se ha ganado un lugar especial en el corazón de Oaxaca.






