A las ocho de la mañana, el sonido de la calle de la Constitución se mezcla con el aroma de elotes asados y café de olla que sale de la cocina de Los Laureles. La familia ya está en marcha: la abuela revuelve una olla grande mientras los niños colocan las mesas de madera bajo el toldo azul. El sol se cuela entre los árboles y el aire lleva notas de hoja de plátano y chile seco.\n\nEn el interior, el menú está escrito a mano en una pizarra negra. El plato estrella, el mole negro con pollo, llega en un plato de barro brillante; la salsa es espesa, casi como tinta, con un perfume de chocolate, pasas y una punta de canela que se siente en la lengua antes de que el pollo tierno la absorba. Cuesta MX$85 y viene acompañado de arroz blanco y frijoles de la casa. Los visitantes habituales vuelven por la tlayuda al pastor, una tortilla crujiente cubierta de carne jugosa, lechuga, salsa de aguacate y queso fresco, a MX$70, y por los tamales de hoja de plátano, envueltos en su propio aroma, a MX$45. Cada bocado recuerda a la cocina de la abuela, pero con un toque que solo la generación joven puede aportar.\n\nLos comentarios de los comensales hablan de la calidez del servicio. Una reseña menciona que "el mole sabe a recuerdos de infancia", otra destaca que "el ambiente familiar hace que cada visita se sienta como una reunión de casa" y una tercera señala que "el personal siempre tiene una sonrisa y una historia que contar". Estas voces convergen en una imagen de un lugar donde la comida no es solo alimento, sino un vínculo entre generaciones. La historia del negocio se remonta a 1975, cuando los fundadores abrieron la puerta con una mesa de madera y una olla de barro; hoy la familia sigue manejando la cocina, manteniendo la receta original del mole mientras experimenta con nuevas presentaciones.\n\nAl mediodía, la calle se llena de estudiantes, trabajadores y turistas que buscan un refugio del calor. El bullicio se mezcla con el chisporroteo de la parrilla y el murmullo de conversaciones en español y zapoteco. Los niños juegan cerca del puesto de aguas frescas mientras los adultos comparten historias alrededor de la mesa. Cada visita se convierte en una pequeña celebración de la cultura local, con la música de un acordeón lejano que se cuela entre los ladrillos.\n\nAl caer la tarde, el sol tiñe las paredes de un tono dorado y la familia cierra la cocina, pero el recuerdo del mole negro persiste. Salir de Los Laureles con el sabor del chocolate y el chile en la boca es como llevarse un pedazo de Oaxaca bajo el brazo. La experiencia se queda, no solo por los platos, sino por la sensación de haber sido parte de una tradición que sigue viva, alimentada por el amor y la dedicación de una familia que sirve con el corazón.
DestacadoLos Laureles: tradición familiar en el corazón de Oaxaca
Una visita a Los Laureles revela cómo una familia mantiene viva la cocina oaxaqueña con sabores que cuentan historias.
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