Es sábado, 9 am, y la calle Cofre de Perote vibra con el ruido de bicicletas y vendedores ambulantes. En la terraza de El Mangal, el aire lleva el perfume de tortillas recién fritas y café de olla. Una pareja de locales revisa el menú mientras una madre con su hijo pequeño se sienta bajo la sombra de una sombrilla azul. El sonido de la cuchara contra el plato acompaña la conversación de los comensales que llegan en busca de un brunch que se sienta como en casa.
El Mangal, ubicado en el barrio Volcanes, se ha convertido en una parada obligada para quienes buscan iniciar el día con energía. El plato estrella son los chilaquiles verdes, servidos con huevo estrellado, crema fresca y una lluvia de queso fresco; el precio está en 120 MXN. A su lado, los huevos al gusto acompañados de frijoles refritos y salsa de aguacate salen a 95 MXN. La textura crujiente de las tortillas empapadas en salsa, la suavidad del huevo y el toque picante del chile verde crean una combinación que despierta los sentidos. Cada bocado lleva el sabor de la tierra oaxaqueña, y la presentación, con cilantro recién picado y rodajas de limón, invita a exprimir un poco más de frescura.
Una reseña comenta: “Los chilaquiles son una explosión de sabor, la salsa verde tiene el punto justo de picante”. Otro cliente escribe: “El café de olla me recordó a mi infancia, fuerte y aromático”. Una tercera opinión señala: “El ambiente es perfecto para una mañana tranquila, la música de fondo y el personal amable hacen que quieras volver”. Los comentarios resaltan la atención cuidadosa del personal, que siempre recuerda el nombre de los habituales y su orden preferida.
El Mangal abrió sus puertas en 2018 y, aunque no se promociona como un restaurante de lujo, su enfoque en ingredientes locales y en recetas tradicionales le ha ganado una reputación de calidad. La cocina funciona con una barra abierta donde se pueden ver los chefs preparando los platos al momento, lo que añade una sensación de cercanía. La fachada de colores pastel y las mesas de madera crean un espacio que se siente tanto urbano como hogareño, y el flujo constante de clientes locales le da vida a cualquier hora del día.
Al cerrar la visita, el sol ya empieza a calentar la calle y el aroma del café sigue flotando. La experiencia en El Mangal deja la impresión de haber compartido una mañana con amigos de toda la vida, sin prisas y con platos que hablan del territorio. La próxima vez que el reloj marque las 8 am, la terraza te esperará con el mismo olor a tortillas y la promesa de otro brunch que vale la pena repetir.






