A las siete de la mañana el bullicio de la calle ya se siente, los vendedores de frutas gritan sus ofertas y, a unos metros, la puerta de El Gran Gourmet Oaxaqueño se abre con el sonido de una campanilla. El perfume del mole negro, mezclado con el vapor del caldo de pollo, invade la entrada y te envuelve antes de que puedas decidir si entrar o seguir caminando. Dentro, una fila de clientes habituales ya ocupa las mesas de madera, algunos con la vista fija en el menú de papel que cuelga sobre el mostrador.
Yo me siento en la barra y pido la comida corrida del día, que incluye una porción generosa de mole negro, arroz blanco y tortillas recién hechas. El mole llega en un cuenco, con trozos de chocolate y chiles que se funden en la lengua. Cada bocado combina el picante ahumado del chilhuacle con la dulzura del cacao, y la tortilla aporta un crujido ligero. El precio del plato está dentro del rango del restaurante, alrededor de MX$80, lo que lo hace accesible para cualquier visita.
Los clientes hablan sin parar. "El mole aquí tiene la profundidad que busco en cada visita", comenta una mujer de mediana edad, mientras remueve su arroz. Otro cliente, un estudiante universitario, dice: "La comida corrida es perfecta para cargar energía antes de la clase, y el ambiente es como estar en casa de la abuela". Una tercera voz, más joven, añade: "Me encanta que el servicio sea rápido y amable, y que siempre haya una canción de cumbia de fondo que anima la comida". El ambiente del lugar lo hace sentir como una reunión cotidiana, más que solo una comida.
El Gran Gourmet abrió sus puertas hace más de una década, y su historia se cuenta en cada rincón del local. La fachada está en la avenida. de la Independencia 1104 conserva elementos tradicionales, mientras dentro se observan imágenes de la vida oaxaqueña. Desde el comedor se percibe la actividad de la cocina, donde el chef prepara el mole. Los horarios son modestos, solo de lunes a sábado de 12 a 6 p.m., pero la calidad del servicio hace que la gente llegue temprano para asegurarse un asiento.
Al caer la tarde, la luz entra por las ventanas y el murmullo de conversaciones se vuelve más relajado. El aroma del mole sigue presente, ahora acompañado por el perfume del café que sirve la casa. Salgo del restaurante con la sensación de haber compartido una pieza de la vida cotidiana de Oaxaca, con el sabor del mole todavía en los labios y la promesa de volver mañana, quizás a la misma hora, para repetir la experiencia.






