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Una noche en La Cueva Oaxaca

Entre sombras y aromas de mezcal, La Cueva Oaxaca se convierte en el refugio nocturno del centro de la ciudad.

A las nueve de la noche, el letrero de neón de La Cueva Oaxaca parpadea sobre la calle Miguel Hidalgo. Dentro, el murmullo de conversaciones se mezcla con el crujido de botellas de mezcal y el leve tintineo de vasos. Un grupo de amigos se acomoda en la barra de madera, mientras el bartender, con una sonrisa cansada, enciende la primera llama del día.

Interior de La Cueva Oaxaca con barra de madera, botellas de mezcal alineadas y clientes conversando

El local, abierto de 6 PM a 12 AM todos los días, se ha ganado una reputación que va más allá de su ubicación en el Centro. La Cueva ofrece una selección de mezcal artesanal que, según los visitantes, rivaliza con la de cualquier palenque de la región. Un cliente escribe: “El mezcal de pechuga que probé aquí tiene un humo que recuerda a los fogones de mi abuela”. Otro comenta: “Los cócteles están equilibrados, el toque de toronja corta la intensidad y deja espacio para seguir charlando”. La tercera reseña destaca el ambiente: “El espacio es íntimo, la música baja y la gente se siente como en casa”.

Bartender de La Cueva Oaxaca preparando un cóctel de mezcal, con vasos de barro y luces tenues de fondo

El menú de barra, aunque sencillo, gira en torno a la experimentación con el mezcal. El “Mole de Mezcal” combina la profundidad del licor con una espuma de cacao amargo, creando una textura cremosa que se derrite en la boca. El “Cueva Sour” mezcla jugo de lima, jarabe de agave y una pizca de sal de mar, resultando en un contraste ácido‑dulce que despierta los sentidos. Cada trago se sirve en vasos de barro, reforzando la conexión con la tradición oaxaqueña.

Detrás del mostrador, la historia del lugar se entrelaza con la de sus fundadores, amantes del mezcal que decidieron abrir un espacio donde la cultura de la destilación pudiera ser celebrada. La decoración, con paredes de ladrillo visto y luces tenues, invita a quedarse. Los clientes habituales llegan por la “cata semanal”, una noche de viernes donde se presentan nuevos lotes de mezcal y se discuten sus notas de sabor. La atmósfera es relajada, pero la atención al detalle es evidente: los vasos se limpian a mano, y el personal recuerda los nombres de los clientes habituales.

Al cerrar la noche, el sonido del último trago resonando en la barra marca el final de una experiencia que, para muchos, es más que una salida nocturna. La Cueva Oaxaca no solo sirve bebidas; ofrece una ventana a la riqueza del mezcal oaxaqueño, envuelta en una vibra que hace que cada visita se sienta como una conversación con viejos amigos.

Cuando el reloj marca la medianoche y las luces se apagan, la calle Miguel Hidalgo queda en silencio, pero el recuerdo del aroma ahumado y el eco de las risas persiste. La Cueva sigue allí, esperando la próxima ronda, la próxima historia, la próxima noche en la que el mezcal vuelva a ser el protagonista.

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