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Fachada de La Mezcalería en Miguel Hidalgo 1119, con luces de cobre y la puerta de hierro abierta al atardecerDestacado

Una noche de agave en La Mezcalería

Entre el humo del mezcal y la charla de los locales, La Mezcalería se vuelve el epicentro de la noche oaxaqueña.

A las ocho de la noche, la calle Miguel Hidalgo vibra con el sonido de copas chocando y risas que se escapan de La Mezcalería. El aroma a madera quemada y agave fermentado se cuela bajo la puerta de hierro, y el camarero, con una sonrisa, ya sirve el primer vaso de mezcal reposado a una mesa de amigos que acaban de llegar del mercado. La barra, iluminada por lámparas de cobre, parece un refugio donde el tiempo se dilata mientras la ciudad se vuelve más cálida.

Bar interior de La Mezcalería mostrando la barra de madera y una fila de botellas de mezcal alineadas

El lugar nació en 2015 cuando el propietario, un ex‑maestro mezcalero, decidió abrir un espacio donde la gente pudiera aprender a degustar agave sin pretensiones. Hoy, el menú destaca el "Vuelo de tres mezcales" por MX$90, una selección que incluye un joven, un reposado y un añejo, cada uno servido en copas pequeñas para que el paladar descubra sus matices. La tostada de chapulines, crujiente y ligeramente picante, cuesta MX$45 y acompaña perfectamente el humo del mezcal. Ana escribe: "El vuelo me abrió los sentidos, el reposado tiene notas de cacao y el chapulín cruje como nada que haya probado antes".

Los visitantes habituales hablan de la conversación que fluye en cada rincón. Carlos comenta: "Vengo cada viernes porque la explicación del dueño sobre cada agave es como una clase de historia viva". Mariana, que descubrió el bar en su primer viaje, asegura: "Me sentí como en casa, la gente es amable y el ambiente invita a quedarse hasta la madrugada". La atención al detalle se refleja en la forma en que el personal explica la procedencia de cada botella, desde la región de Santiago Matatlán hasta los pequeños productores de San Luis Del Rio. La lista incluye más de veinte marcas, y el dueño siempre está dispuesto a recomendar una botella según el gusto del cliente.

A medida que la noche avanza, la música se vuelve más suave y la barra se llena de locales que comparten historias de la ciudad. A las dos de la madrugada, el último grupo se despide, pero la luz de la barra sigue encendida, como una promesa de que mañana volverá a abrir sus puertas a las tres de la tarde. El último sorbo de mezcal, con su final ahumado, deja una sensación de calidez que se extiende más allá del paladar.

Al salir, el aire fresco de Oaxaca golpea la cara y el recuerdo del sabor a agave se queda. La Mezcalería no es solo un bar; es un punto de encuentro donde la tradición del mezcal se mezcla con la energía de la ciudad, creando una experiencia que invita a volver una y otra vez.

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