A las siete de la tarde, la terraza de Las Alitas vibra con el sonido de conversaciones y el chisporroteo de la parrilla. El aroma a pollo recién asado se mezcla con el perfume del cilantro y el limón, y un grupo de amigos se reparte una bandeja de alitas mientras el sol se oculta tras la avenida Lic. Enrique Ramírez Miguel. El lugar está lleno, pero la atención sigue siendo rápida; la camarera trae una jarra de cerveza bien fría y una sonrisa que invita a quedarse.
El secreto de Las Alitas no está solo en la cantidad de salsas, sino en la calidad de la carne. Las alitas clásicas, servidas con una salsa de mantequilla y ajo, llegan a la mesa a $130 y sorprenden con una piel crujiente que se rompe al primer mordisco, dejando un interior jugoso y sabroso. Un cliente escribió: “Las alitas son tan crujientes que escuchas el crujido en cada bocado, y el sabor a ajo es perfecto”. Otro visitante comentó: “Me encanta la variedad de salsas, la de mango picante es mi favorita, me transporta a la playa”. Un tercer reseñista añadió: “El ambiente es relajado, el personal amable y siempre hay una buena cerveza para acompañar”.
Detrás del mostrador, el dueño, Javier, cuenta que abrió Las Alitas en 2015 después de trabajar varios años en la cocina de un restaurante de mariscos. Decidió enfocarse en un solo producto y perfeccionarlo. “Queríamos un lugar donde la gente pudiera venir sin formalidades, solo para compartir alitas y pasar un buen rato”, dice. La decoración es sencilla y acogedora, con un estilo que invita a relajarse. Cada viernes, el local ofrece una promoción de “Alitas ilimitadas” que atrae a familias y grupos de amigos que buscan una cena sin complicaciones.
El menú, aunque centrado en alitas, incluye opciones como papas fritas con queso y jalapeños, a $80, y una ensalada fresca de repollo que equilibra la grasa del pollo. Los precios se mantienen dentro del rango de $100–200, lo que lo sitúa como una opción accesible para la mayoría. La rapidez del servicio permite que, incluso en la hora pico del almuerzo, los pedidos salgan en menos de diez minutos, algo que los clientes valoran mucho.
Al cerrar la noche, la terraza se vuelve más íntima; las luces bajan y el murmullo se vuelve más suave. Las alitas siguen llegando a la mesa, acompañadas de risas y planes para la próxima visita. Salir de Las Alitas es como dejar una pequeña fiesta detrás, con la certeza de que el próximo viernes volveremos por la misma bandeja de alitas crujientes y la compañía que siempre está presente.






