A las 7 pm, el bullicio de la avenida Lic. Enrique Ramírez Miguel se vuelve un murmullo de conversaciones y el chisporroteo de la freidora en Las Alitas. La fila se extiende frente al local, jóvenes con camisetas de bandas, familias con niños que piden papas y, siempre, el sonido de la salsa cayendo sobre las alitas recién salida del aceite. El olor a pollo crujiente, mezclado con una ligera nota ahumada, invade el aire y te invita a entrar sin pensarlo.
Dentro, la luz cálida de los focos ilumina mesas de madera y un mostrador donde el personal, siempre con una sonrisa, sirve bandejas de alitas de pollo con distintas salsas. La carta, accesible en línea, destaca las alitas clásicas, las de mango habanero y una versión de barbacoa dulce, todas dentro del rango de precios de $100 a $200. Un cliente comenta que la salsa de mango habanero “combina la dulzura del mango con un picor que te deja con ganas de más”. Otro visitante escribe que la textura es “crujiente por fuera y jugosa por dentro, como debe ser”. Un tercer reseñista menciona que el ambiente “se siente como una reunión informal, perfecta para una cena después del trabajo”.
El secreto, según el dueño, está en la marinada de 24 horas y en la frescura del pollo local. Cada alita se fríe en aceite renovado diariamente, lo que garantiza ese crujido que tanto elogian los comensales. La barra, ubicada al fondo, permite observar cómo el chef voltea las alitas con una pinza, una coreografía que se repite sin falta durante todo el día. Los clientes habituales llegan por la consistencia: saben que, sin importar la hora, la salsa de barbacoa seguirá tan dulce y ahumada como la primera vez que la probaron.
Cuando el reloj marca las 10 pm, la música se vuelve más alta y la multitud se vuelve más animada. El personal, siempre atento, repone las bandejas y sirve cervezas bien frías que acompañan el picante. La luz se atenúa ligeramente, creando un ambiente más íntimo, pero el aroma sigue tan presente como al inicio. En esas horas, el lugar se transforma en un punto de encuentro para grupos de amigos que celebran el fin de la semana con una ronda de alitas y risas.
Al salir, el eco de las conversaciones y el último crujido de una alita quedan atrás, pero la sensación de haber encontrado un lugar donde la comida, el ambiente y la gente se alinean permanece. Las Alitas no es solo un restaurante; es un pequeño refugio en Morelia donde el sabor del pollo y la camaradería se encuentran cada noche.






