A las 9:15 am, la calle 70 vibra con el sonido de tazas chocando y risas que se escapan de la terraza de Maíz, Canela y Cilantro. El perfume del café recién molido se mezcla con el dulzor del plátano frito que corona los huevos motuleños. Una pareja de locales, una familia con niños y un grupo de jóvenes con laptops comparten la misma mesa larga, mientras el sol de la mañana se cuela entre los toldos de colores. El ambiente es una mezcla de ruido casual y conversación pausada, y el aroma de la salsa de mole caliente se vuelve la señal de que el brunch está listo.
El menú de Maíz, Canela y Cilantro es una carta de descubrimientos. El plato estrella, los huevos motuleños, llega a la mesa por $85 y se presenta sobre una tortilla crujiente, cubierta con frijoles refritos, salsa de tomate picante, huevo estrellado y plátano frito dorado. Cada bocado combina la suavidad del huevo con el crujido del plátano y el picante del mole, creando una danza de sabores que recuerda a la cocina oaxaqueña pero con un toque yucateco. Los chilaquiles con mole, a $70, aparecen con totopos bañados en salsa negra, queso fresco y crema, y la opción vegana de tlayuda con nopales y salsa de aguacate satisface a los comensales que evitan la carne. El precio se mantiene accesible, y la calidad justifica cada peso.
Los clientes no dejan de hablar. Una reseña reciente dice: “Los huevos motuleños me transportaron a la infancia, cada mordida es pura nostalgia”. Otro visitante escribe: “El ambiente es como estar en casa; el personal siempre sonríe y recomienda la tlayuda vegana, que está deliciosa”. Una tercera opinión menciona: “El chilaquiles con mole es imperdible, la salsa tiene la profundidad del mole tradicional pero con un toque fresco que lo hace único”. Estas voces revelan por qué la gente vuelve cada fin de semana, buscando esa combinación de sabor auténtico y hospitalidad cálida.
Al cerrar la tarde, alrededor de las 2 pm, la terraza se vacía poco a poco, pero el eco de las conversaciones persiste. Los últimos clientes se despiden con una taza de café de olla, todavía humeante, y el sonido de la calle se vuelve más tranquilo. Al mirar la fachada, ahora bañada por la luz dorada del atardecer, entiendo por qué este lugar se ha convertido en un ritual para tantos meridanos. No es solo el plato; es la sensación de pertenencia que se sirve junto a cada plato, el aroma que invita a volver y la sonrisa del camarero que recuerda tu nombre. Maíz, Canela y Cilantro no es solo un brunch, es una experiencia que se saborea una y otra vez.






