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a white plate topped with chicken and riceDestacado

Un día de mar en la Obrera: Ostionería Manolo

Entre el bullicio de la Obrera, Ostionería Manolo ofrece un rincón de frescura marina que vuelve a la ciudad el sabor del Pacífico.

A las siete de la mañana, la calle Fernando Ramírez ya huele a brisa salina y a mantequilla derretida. Los vendedores de fruta ya gritan, pero el sonido que domina es el tintineo de los cubiertos contra los platos de la barra de Ostionería Manolo. Un camarero reparte cubiertos de plata mientras una fila de clientes, algunos con camisetas de fútbol y otros con laptops, esperan su turno para probar los ostiones recién sacados del hielo.

Cuando me siento, el mostrador brilla bajo la tenue luz de los focos. El menú destaca la estrella, el “Ceviche de ostión con mango y chile de árbol”, a MX$180. El plato llega presentado, el ostión se abre, la pulpa se mezcla con el jugo de lima, el mango aporta dulzura y el chile chispea en la lengua. Cada bocado es una ola que rompe en la boca, la textura crujiente del mango contrasta con la suavidad del marisco, y el picante deja una estela que invita al siguiente. Un cliente comentó: “El ceviche está perfecto, la acidez y el mango se equilibran como en la costa del Pacífico”.

El pulpo a la parrilla, a MX$210, es otro imán de la casa. Se sirve en una tabla, con una salsa oscura que tiñe el plato. El pulpo está tierno y su sabor tiene notas ahumadas que le dan cuerpo. Los camarones al ajillo son tan frescos que casi saben a mar; los camarones llegan bañados en mantequilla de ajo y un chorrito de limón que realza su dulzura natural. La atención es rápida; el personal conoce cada plato de memoria y sugiere la cerveza artesanal de la casa para acompañar.

Detrás del mostrador, una pared decorada recuerda al mar. No hay valet parking, pero la cercanía a la estación de metro Chabacano facilita la llegada. La clientela es variada: jóvenes profesionales, parejas que buscan una cena ligera, y turistas que siguen el aroma del mar. “Volví porque la cerveza artesanal complementa el sabor del ostión”, escribe un visitante frecuente. La atmósfera es relajada, con música de jazz suave que no interrumpe la conversación. Cada mesa tiene servilletas con un detalle marino, que hace sentir a los comensales parte de una comunidad de amantes del mar.

Al cerrar, el local se vuelve más íntimo. Las luces se atenúan y el sonido de los cubiertos se vuelve más lento. Salgo con el sabor del mar aún presente en la garganta y la promesa de volver, porque Ostionería Manolo no es solo un lugar para comer, es un pequeño puerto en la ciudad donde el océano llega a la Obrera.

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