A las siete de la tarde, la calle Av. Guadalupe vibra con el sonido de los carros que pasan y el murmullo de la gente que se dirige al restaurante Fornino. Desde la acera se percibe el perfume de la salsa de tomate recién cocida, mezclado con el toque de ajo y albahaca que sale del horno de leña. Dentro, el ambiente se siente cálido, mientras el camarero abre la puerta con una sonrisa que invita a quedarse.
El plato que define a Fornino es su tagliatelle al ragú de carne, servido en un plato. Los fideos son anchos, al dente, y se bañan en una salsa espesa de tomates maduros, carne de res y cerdo, vino tinto y una pizca de romero. Cada bocado combina la suavidad del pasta con la profundidad del ragú, mientras el queso parmesano recién rallado aporta una nota salada que se disuelve en la lengua. El precio ronda los 150 $, una cifra que muchos clientes describen como accesible para la calidad que reciben.
“Los platillos son accesibles y el sabor auténtico me hace volver cada semana”, escribe una reseña de una pareja que celebra su aniversario allí. Otro comensal comenta: “El ragú tiene la textura perfecta, la carne se deshace y el perfume del tomillo me transporta a Italia”. Una tercera opinión destaca el ambiente: “El personal es amable, el valet parking es un plus y el clericot de la casa cierra la cena con una frescura inesperada”. Estas voces reflejan por qué Fornino se ha ganado el reconocimiento de sus clientes, que destacan la consistencia del sabor y la atención al detalle.
Detrás del mostrador, el gerente, originario de la región de Campania, cuenta que abrió Fornino en 2015 con la idea de ofrecer una experiencia italiana sin pretensiones, pero con ingredientes de primera. El menú, aunque centrado en la pasta, incluye una pizza napolitana de masa madre que se cuece en el mismo horno de leña, y un carajillo de espresso que cierra la noche con energía. Los clientes habituales llegan tanto para el almuerzo, cuando el local se llena a las dos, como para la cena, cuando la luz se atenúa y el sonido de la música italiana suena de fondo.
Al salir, el aroma del pan recién horneado sigue acompañando a los visitantes, y la fachada invita a volver. La experiencia se completa con la sensación de haber encontrado un pequeño pedazo de Italia en Zapopan, donde cada plato cuenta una historia y cada visita deja un recuerdo que se saborea mucho después de la última cucharada.






