A las siete de la tarde, el sonido de las sillas de madera chocando contra el piso de baldosas y el murmullo de conversaciones en español e inglés llenan Mustekala. El aroma a marisco recién cocido se cuela entre las puertas de madera tallada, mezclándose con el perfume del café que se sirve en la barra. Un grupo de locales, con camisetas de colores vivos, espera en la barra mientras el chef, con una chaqueta azul, corta una pieza de pescado bajo la luz tenue del interior.
El plato estrella, el ceviche de camarón con mango, llega en una taza de barro. Los camarones, rosados y firmes, se bañan en jugo de limón que chisporrotea, mientras el mango aporta dulzura que equilibra el picante del chile de árbol. Cada bocado es una explosión de frescura, la textura crujiente del pepino contrasta con la suavidad del pescado. El precio, $150, parece justo para la calidad que se percibe en cada ingrediente. Un cliente escribe: "El ceviche me recordó a la playa, el sabor es puro y la presentación es arte".
Otro visitante comenta: "Los tacos de pulpo, $120, son una delicia; la carne es tierna y la salsa de aguacate le da cremosidad que no se encuentra en otro lado". La gente vuelve por la consistencia y la atención del personal, que siempre recuerda el nombre del cliente y su pedido favorito. Los clientes aprecian que el camarero pregunte si quieren más salsa picante, mostrando su preocupación por la experiencia.
Mustekala nació hace diez años cuando los socios, amantes del mar, decidieron abrir un espacio para servir pescado fresco. La decoración conserva elementos de la costa, reflejando la temática marítima. En la barra se muestra el menú del día, que cambia según la disponibilidad de los productos. Los visitantes pueden ver al chef en acción, creando una atmósfera que combina lo tradicional con lo contemporáneo.
Al cerrar, el local se vuelve más íntimo. Las luces suaves y la música regional crean un ambiente acogedor. Salgo del restaurante con el recuerdo del sabor del mar todavía en la boca y la sensación de haber compartido un momento auténtico con los oaxaqueños que, como yo, buscan algo más que una comida: buscan una historia que se cuenta en cada plato.






