A las siete de la tarde, la calle Macedonio Alcalá se llena de sonidos: conversaciones en voz baja, el crujido de sillas de madera y el silbido de una parrilla que nunca descansa. Yo llego al paso de la puerta de Marco Polo y el aire me golpea con una mezcla de sal marina y cilantro fresco. Los clientes están sentados en mesas de madera oscura, algunos con cerveza artesanal en mano, otros con una copa de vino blanco que refleja la luz tenue del interior.
Marco Polo, ubicado en la calle Macedonio Alcalá número 123, lleva más de una década sirviendo a los oaxaqueños y viajeros que buscan sabores del Pacífico. El propietario, un hijo de pescadores de Puerto Escondido, decidió abrir el restaurante después de años de trabajar en los puertos del sur. El menú, con precios entre 100 y 200 pesos, se concentra en pescados y mariscos locales, todos capturados al amanecer y preparados al momento. La atención es cálida, casi familiar; el camarero me recibe con una sonrisa y una breve historia sobre cómo el chef aprendió a cocinar el pulpo en la playa de Zipolite.
El plato que define a Marco Polo es el “camarón al ajillo con mantequilla de ajo y un toque de chile de árbol”. Cada camarón llega crujiente por fuera, jugoso por dentro, y la mantequilla se derrite en la boca, dejando una sensación picante que se equilibra con la frescura del mar. El precio del plato ronda los 180 pesos, y los clientes suelen acompañarlo con una porción de arroz blanco y una ensalada de nopales. Otro favorito es la “tostada de ceviche de pescado”, servida en una hoja de plátano y coronada con aguacate cremoso; cuesta 150 pesos y se vuelve el tema de conversación durante la hora del almuerzo.
Los comentarios de los visitantes hablan por sí mismos. Una familia de viajeros comenta que el ambiente “te hace sentir como en casa, pero con el mar a un paso”. Otro cliente menciona que la “cocina es consistente, siempre fresca, y el servicio nunca falla”. Un local escribe que “el mejor lugar para celebrar una cena después del trabajo, la música de fondo y la brisa del patio hacen que la experiencia sea inolvidable”. Estas opiniones reflejan la constancia que ha llevado al restaurante a mantener una calificación de 4.3 sobre 5, pese a la competencia creciente en la zona.
Al cerrar la noche, el sonido de la parrilla se vuelve más suave y las luces del interior se atenúan. Vuelvo a la mesa donde dejé mi plato de camarón, ahora vacío, pero con el recuerdo de la textura crujiente y el aroma que todavía flota en el aire. Marco Polo no es solo un restaurante; es un punto de encuentro donde la tradición del mar se mezcla con la vida urbana de Oaxaca, y cada visita se siente como una pequeña escapada a la costa sin salir de la ciudad.






