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Artistic food photography of a fig tart dusted with powdered sugar on a black plate.Destacado

Un día dulce en Sylvestre, la pastelería que conquista a la CDMX

Una mañana de domingo en Sylvestre se vuelve una fiesta de aromas y sabores que deja huella en cada visitante.

A las siete de la mañana, el barrio de Condesa ya vibra con el perfume de mantequilla y azúcar que escapa de la puerta de Sylvestre. Los clientes habituales se agolpan en la barra de mármol, algunos con el móvil en mano, otros con la mirada perdida en la vitrina de pasteles. El sonido de la cafetera se mezcla con el crujido de las croissants recién horneadas, y el aire se llena de una calidez que invita a quedarse.

Sylvestre nació hace una década cuando dos hermanos, amantes de la pastelería francesa, decidieron traer a la capital un rincón donde la tradición europea se encontrara con los ingredientes locales. La carta, aunque compacta, destaca el croissant de almendra, una pieza de masa hojaldrada que se derrite al primer mordisco, rellena de crema de almendra tostada y coronada con una fina capa de azúcar glas. El precio ronda los MXN 850, dentro del rango de 800‑900 que maneja el local. Otro favorito es el pastel de guayaba con queso crema, una combinación de dulzura y acidez que recuerda a los mercados de la ciudad; cuesta MXN 880 y suele agotarse antes de la hora del almuerzo.

Los clientes describen sus experiencias con entusiasmo. "El croissant me recordó a mi infancia en París, pero con el toque de almendra que solo aquí se consigue", escribe Ana en su reseña de Google. Carlos, que visita la pastelería cada viernes, comenta: "El pastel de guayaba es una explosión de sabor, la masa es ligera y el relleno no es demasiado dulce". Por último, Laura señala: "El ambiente es perfecto para una charla tranquila, el personal siempre tiene una sonrisa y su café es el acompañamiento ideal". Los clientes regresan no solo por la calidad de los productos, sino también por el ambiente acogedor que se percibe en el local.

Al mediodía, la fila se alarga y el ritmo se acelera, pero el servicio mantiene la calma. Los baristas preparan café de origen mexicano, sirviéndolo en tazas de cerámica que resaltan el color del espresso. Los clientes se llevan una caja de macarons de chocolate y frambuesa, cada uno con una capa crujiente y un centro cremoso que se deshace en la boca. El precio de los macarons es MXN 120 por pieza, lo que los convierte en un capricho accesible para cualquier antojo.

Al caer la tarde, el bullicio disminuye y la luz dorada del interior crea sombras que juegan sobre los vitrales. Es el momento perfecto para volver a la barra, observar cómo el chef termina de glasear una tarta de limón y sentir que cada visita a Sylvestre es una pequeña celebración cotidiana. La combinación de sabores, la atención cuidadosa y el ambiente acogedor hacen que, incluso después de salir, el recuerdo del aroma a mantequilla siga persiguiendo tus pasos por la calle.

Al final del día, mientras la ciudad se apaga, Sylvestre sigue abierta, ofreciendo una última porción de pastel de chocolate caliente. Esa última mordida, con su centro fundido y su borde crujiente, deja la sensación de haber encontrado un refugio dulce en medio del caos urbano, listo para ser descubierto de nuevo mañana.

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