A las siete de la tarde, el bullicio de Lomas de Chapultepec se vuelve más dulce cuando la fila frente a Amorino se alarga. Los niños se agachan para observar los colores brillantes de los helados que el personal sirve con una precisión casi coreográfica. El aire huele a vainilla fresca y a pistacho tostado, y el sonido de la máquina que forma las flores de helado acompaña las risas de los clientes que esperan su turno.

Al entrar, el interior luminoso con mesas de madera clara invita a quedarse. El mostrador exhibe una paleta de sabores que parece un arcoíris comestible: pistacho, frambuesa, mango y el clásico chocolate. El helado de pistacho, servido en una copa de cristal, cuesta 120 MXN y se derrite lentamente, revelando una textura cremosa que recuerda a una mantequilla de nuez. Algunos clientes describen el pistacho como profundo y equilibrado, ideal para el calor de la ciudad. Otros destacan la presentación, señalando que la flor de helado parece una obra de arte. Una tercera opinión menciona que el servicio es rápido y amable, y que el personal siempre sonríe.

La historia de Amorino llega desde Italia, y su sucursal en Avenida Prado Norte se ha convertido en un punto de encuentro para los capitalinos. La dueña, originaria de Milán, abrió aquí porque la zona combina elegancia y ambiente familiar. Cada día, el personal prepara los helados a mano, usando ingredientes importados y locales. Los clientes habituales vuelven por la consistencia: “Siempre que paso por Lomas, paso por Amorino, es mi parada obligatoria antes de cenar”.
Durante la hora del postre, la tienda se llena de parejas que comparten una copa de sorbete de mango, con precio de 110 MXN. El sorbete combina acidez y dulzura con trozos de fruta fresca. Los juegos de mesa en una esquina atraen a grupos de amigos que buscan una excusa para quedarse más tiempo. La combinación de buen helado, ambiente relajado y atención personalizada crea una experiencia que supera el simple consumo de postre.
Al cerrar la puerta a las diez de la noche, el ambiente se vuelve tranquilo, pero el recuerdo permanece. La gente sale con una sonrisa y, a menudo, con una foto del helado en la mano. Amorino es una heladería que se ha convertido en un refugio donde el tiempo se mide en cucharadas y cada visita aporta frescura a la vida nocturna de la ciudad.






