Es una tarde de sábado y el sol empieza a bajar sobre la Avenida Central. Dentro de Las Pichanchas, el sonido de una marimba en vivo se mezcla con el clamor de los clientes que llegan después del trabajo. El aroma del cochito asado, impregnado de hoja de chipilín, llena el aire y guía a los curiosos hacia la puerta de madera tallada que da a la calle Asamblea de barrio. En la barra, una pareja de bailarines folclóricos se prepara para su espectáculo nocturno mientras los camareros sirven pozol humeante en tazones de barro.
El restaurante abrió sus puertas a las ocho de la mañana y permanece activo hasta las once de la noche, lo que permite una visita a cualquier hora del día. El menú, aunque sencillo, destaca por la autenticidad de sus platillos chiapanecos. El cochito al chipilín, servido con una porción generosa de tortillas recién hechas, combina la suavidad de la carne con el sabor terroso del chipilín, creando una textura que se deshace en la boca. El pozol, preparado con maíz nixtamalizado y una pizca de chile, llega tibio y espeso, perfecto para acompañar una cerveza fría. Otro favorito es el tascalate, un postre a base de maíz tostado, cacao y azúcar, que se derrite lentamente al contacto con la lengua.
Los visitantes repiten la visita por la atmósfera única. "El cochito está para chuparse los dedos", comenta una clienta en una reseña reciente. Otro comensal escribe: "La marimba en vivo hace que cada bocado tenga ritmo, nunca había probado el pozol con tanto ambiente". Un tercer reseñista menciona: "Los bailarines añaden color y energía, pero el verdadero espectáculo es la cocina tradicional". Estas opiniones reflejan la combinación de gastronomía y espectáculo que define a Las Pichanchas. La decoración mantiene un estilo rústico, con mesas de madera y paredes adornadas con arte folklórico, mientras que el personal, siempre sonriente, recomienda probar el tascalate como cierre.
Detrás del mostrador, el propietario, descendiente de una familia de cocineros chiapanecos, cuenta que el restaurante nació como un proyecto para preservar la gastronomía local. Cada plato sigue una receta transmitida de generación en generación, y la marimba se incorporó para honrar la música tradicional de la región. La comunidad ha adoptado el espacio como punto de reunión, donde los vecinos se encuentran después del trabajo, los turistas descubren la cultura y los niños aprenden los pasos de los bailes folklóricos.
Al caer la noche, la luz tenue del interior contrasta con la energía del espectáculo de marimba. El sonido se vuelve más intenso, los platos se vacían lentamente y los comensales se quedan a escuchar la última canción antes de cerrar. Salir de Las Pichanchas con el sabor del cochito en los labios y la melodía de la marimba resonando en la cabeza es sentir que se ha vivido una pieza auténtica de Tuxtla Gutiérrez. La experiencia no es solo comer, es sumergirse en una tradición que sigue vibrando en cada rincón del local.
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