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A white plate topped with lots of veggiesDestacado

Un día de waffles y chilaquiles en La Casa del Waffle

Una mañana en la calle Matamoros, el aroma a masa recién hecha me guía a La Casa del Waffle, el rincón favorito de familias y amigos en Tlaquepaque.

A las 9 am el sol ya calienta la fachada de la Casa del Waffle en la calle Matamoros 28. El sonido de la licuadora y el crujido de la plancha se mezcla con la conversación de niños que juegan en el área dedicada a ellos. El olor a mantequilla y azúcar me envuelve mientras paso la puerta y me recibe una sonrisa del camarero que siempre parece estar listo para recomendar.

Waffle de jazmín con helado de vainilla y salsa de frutos rojos en La Casa del Waffle — primer plano del plato

El local, abierto de lunes a domingo de 8 am a 2 pm, combina una decoración sencilla con colores pastel que recuerdan a una casa de infancia. Las mesas están dispuestas alrededor de una gran ventana que da a la calle, y en una esquina se encuentra el “kids area”, un espacio con juguetes y libros donde los pequeños pueden esperar mientras los adultos eligen entre chilaquiles, crepes y, por supuesto, waffles. La atención del personal es constante; varios clientes mencionan la amabilidad del camarero como parte esencial de la experiencia.

El plato estrella es el waffle de jazmín, una masa ligera que se dora hasta quedar crujiente por fuera y esponjosa por dentro, perfumada con esencia de jazmín que le da un toque floral inesperado. Se sirve con una bola de helado de vainilla y una salsa de frutos rojos que contrasta con la dulzura del waffle. El precio se sitúa dentro del rango del restaurante, entre $100 y $200, lo que lo hace accesible para una familia que quiere consentirse sin gastar una fortuna.

Los comentarios de los comensales refuerzan la reputación del lugar. Una familia escribió: "Los chilaquiles son una delicia, crujientes y con el toque justo de salsa". Otro cliente comentó: "Me encantó el waffle de jazmín, la combinación de texturas es perfecta". Una tercera reseña resaltó: "El área de niños es genial, podemos comer tranquilos mientras los niños se divierten". Estas voces pintan un panorama de un sitio donde la comida y el ambiente se complementan.

Al cerrar la visita, el aroma del café recién hecho aún flota en el aire y el último bocado de waffle deja una sensación dulce que persiste. Salgo a la calle con la certeza de que volveré, quizá a la hora del almuerzo, para probar los crepes de chocolate que también aparecen en el menú. La Casa del Waffle no es solo un restaurante; es un punto de encuentro donde la comida reconforta y la atención crea recuerdos.

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