A las siete de la mañana, el sol apenas se asoma sobre los techos del Centro y la fila frente a Dulce Amor Café y Garnacha ya empieza a formarse. Los clientes se acomodan en mesas de madera mientras el aroma a café de olla y a pan recién horneado se mezcla con el perfume de las murales coloridas que cubren la fachada. Un joven con auriculares pide una taza de pot coffee y se sienta a observar cómo el barista vierte la espuma con precisión, mientras una pareja mayor comparte una porción de elote bread, crujiente por fuera y tierno por dentro.
El interior es una mezcla de lo casual y lo artístico: mesas de hierro, sillas de colores y paredes cubiertas de grafitis que cuentan historias locales. La decoración incluye una serie de fotos en blanco y negro de la ciudad, y una gran ventana que deja entrar la luz del mediodía. El menú, accesible en línea, muestra opciones que van desde los clásicos chilaquiles hasta las swiss enchiladas, pasando por la pibil cochinita que muchos describen como el plato estrella. Cada plato llega en porciones generosas, lo que invita a volver por más.
Yo siempre empiezo con los chilaquiles verdes, servidos con huevo estrellado y una salsa que combina el picante justo con la acidez del tomate. El contraste entre la tortilla crujiente y la salsa cremosa crea una textura que se deshace en la boca. Luego, pruebo la pibil cochinita: la carne, cocida lentamente en achiote, se desmenuza con facilidad y su sabor ahumado se equilibra con el toque ácido del jugo de naranja. Por $85, la porción es suficiente para compartir, y el acompañamiento de frijoles refritos le da cuerpo al plato. En la carta también aparecen los flautas, que llegan acompañadas de una salsa de aguacate que añade frescura al crujido del maíz.
“‘La pibil cochinita es una revelación’, comenta Ana en su reseña de 2023”, escribe una cliente que vuelve cada domingo. Otro visitante, Carlos, asegura: “Los chilaquiles son los mejores de la ciudad, la salsa tiene el punto exacto de picante”. Un tercer comentario de Laura dice: “El ambiente es acogedor, las murales hacen que cada visita sea una experiencia visual”. Estas voces reflejan lo que la gente busca: comida sabrosa, porciones generosas y un espacio donde sentirse parte de la comunidad.
Al cerrar la tarde, el local se vuelve más íntimo; la luz tenue de las lámparas colgantes crea un ambiente relajado. Los clientes siguen conversando, algunos revisando sus teléfonos, otros disfrutando de un último sorbo de café mientras el día se despide. Salir de Dulce Amor Café y Garnacha con el sabor de la pibil cochinita todavía en la lengua y la imagen de los murales en la mente deja la sensación de haber descubierto un rincón que combina tradición y modernidad en el corazón de San Luis Potosí.






