A las siete de la mañana, el bullicio del Centro se filtra por la ventana de Dulce Amor Café y Garnacha. La barra ya está cubierta de tazas humeantes y el mostrador brilla bajo la luz que se cuela entre los murales de colores. Un grupo de estudiantes revisa sus notas mientras un par de oficinistas espera su primera taza del día. El olor a café recién molido se mezcla con el perfume del elote recién horneado, y el lugar se siente como un pequeño refugio dentro del ritmo acelerado de la ciudad.
Los chilaquiles al estilo “Swiss” son la carta de presentación. Servidos en un plato de cerámica blanco, los totopos crujientes se bañan en una salsa verde ligeramente ahumada, coronados con queso suizo fundido que se derrite en hilos dorados. Sobre ellos, una porción de pollo deshebrado, huevo estrellado y una lluvia de cilantro fresco. El precio, $120, parece justo para la explosión de sabores que estalla en cada bocado: la acidez del tomatillo, el toque cremoso del queso y el picor sutil del chile de árbol. Un cliente comentó: “Los chilaquiles son una explosión de sabor que me recuerda a los desayunos de mi infancia, pero con un giro moderno”.
El menú no se limita a los clásicos. El “Elote Bread” llega como una rebanada gruesa de pan de masa madre, untada con mantequilla de chile y cubierta con granos de elote asado, queso cotija y un chorrito de crema. A $85, es una opción ligera que acompaña perfectamente a una taza de “pot coffee”, el café preparado en una olla de barro que conserva el calor y realza los matices del grano local. El pot coffee tiene un cuerpo robusto y un final dulce que invita, sin duda, a volver cada semana.
Detrás del mostrador, la dueña, Mariana, comparte que el local nació en 2018 como un proyecto familiar. “Queríamos crear un espacio donde la gente pudiera disfrutar de una buena comida sin prisas”, dice mientras sirve una porción de “flautas de cochinita pibil”. Las tortillas de maíz, rellenas de carne de cerdo marinada en achiote, se fríen hasta quedar doradas y crujientes, y se acompañan con salsa de cebolla encurtida. A $110, las fajitas son el plato favorito de los clientes que llegan después del trabajo, y la rapidez del servicio ha reducido los tiempos de espera que antes eran una queja frecuente.
Al cerrar la mañana, el local se vuelve más tranquilo. Los últimos clientes terminan su café mientras la luz del sol se vuelve dorada. El sonido de la máquina de espresso se apaga lentamente y el aroma del pan recién horneado se desvanece en el aire. Salir de Dulce Amor Café y Garnacha con el sabor de los chilaquiles todavía en la boca, y la certeza de que este pequeño café seguirá siendo un punto de encuentro para quienes buscan desayunar con alma, es casi inevitable. La experiencia se queda grabada, y ya estoy pensando en volver para probar la próxima edición del menú de temporada.






