A las siete de la mañana, el bullicio de la calle La Paz se vuelve más suave cuando cruzo la vereda y el olor a masa y cacao me recibe en Pan:am San Felipe. La fila ya se extiende, pero el ambiente es relajado; la gente charla mientras espera su taza de café, y el sonido de la bandeja que se desliza sobre la madera marca el ritmo del brunch. En el mostrador, el pan dulce se ilumina bajo la luz natural que entra por las ventanas grandes, y el chocolate espeso burbujea en la olla de cobre.
El menú, aunque sencillo, está pensado para los que buscan algo más que un simple desayuno. El plato estrella es el "Chilaquiles verdes con huevo pochado", servido con una porción generosa de totopos crujientes, salsa de tomatillo fresca y un huevo que se deshace al pincharlo. La salsa tiene un toque de chile de árbol que pica justo lo necesario, y el huevo aporta una suavidad que equilibra la textura. Cada plato se sitúa dentro del rango de precios de 100 a 200 pesos, lo que lo hace accesible para una gran variedad de comensales.
Los clientes vuelven una y otra vez por la calidad del pan. Un visitante escribe que el "pan de yema es esponjoso, con una corteza ligeramente caramelizada que se deshace en la boca". Otro comenta que el "chocolate caliente tiene una profundidad que recuerda a los mercados de cacao del centro". Un tercer reseñista destaca el "servicio amable y la atención al detalle, como la presentación cuidadosa de cada plato". Estas opiniones revelan que la gente no solo come, sino que experimenta una conexión con la tradición de la panadería oaxaqueña, reinterpretada en un contexto de brunch moderno.
Detrás del mostrador, el dueño, un chef que creció en el barrio de Colinas de la Soledad, cuenta que abrió Pan:am San Felipe para combinar su amor por el pan artesanal con la cultura del brunch que descubrió viajando. La receta del pan dulce lleva una mezcla de harina de maíz y mantequilla, lo que le da una textura única que muchos describen como "ligera pero sustanciosa". Cada mañana, el horno se enciende a las seis, y el aroma se extiende por la calle, atrayendo a estudiantes, trabajadores y turistas por igual.
Al mediodía, la terraza se llena de gente que busca refugio del sol. Los platos se vuelven más abundantes: tacos de cochinita pibil acompañados de una salsa de aguacate, y una ensalada de nopales que refresca entre bocado y bocado. La atención sigue siendo rápida, y el personal siempre tiene una sonrisa y una recomendación personal. La combinación de sabores tradicionales con la presentación contemporánea convierte cada visita en una pequeña celebración.
Al cerrar a las tres de la tarde, la mesa queda cubierta de migas y tazas vacías, pero el recuerdo del chocolate tibio y el pan recién horneado persiste. Salgo del local con la sensación de haber vivido una mañana auténtica, donde la historia de Oaxaca se sirve en cada plato y el sonido de la bandeja sigue resonando en la calle. Pan:am San Felipe no es solo un lugar para comer; es un punto de encuentro donde el sabor y la comunidad se encuentran.






