Es una tarde tibia de viernes, el sol se cuela entre los edificios coloniales y el aroma a soja y jengibre se cuela desde el patio de Kintaro. La barra está llena de locales que esperan sus cócteles de matcha mientras el chef prepara los platos tras el mostrador de madera. El sonido de los tenedores chocando contra la vajilla de cerámica y la música suave de un koto crean un ambiente que invita a quedarse.
Al entrar, el interior combina luces cálidas con mesas de estilo minimalista. El menú, accesible a través de un código QR, muestra una selección de sushi, ramen y platos de fusión. El ramen de mariscos, con su caldo profundo y trozos de camarón, destaca como la estrella de la casa. Cada sorbo lleva el sabor del océano, mientras los fideos al dente absorben la riqueza del caldo. Los clientes suelen acompañarlo con un vaso de sake frío, y el precio del plato ronda los $250 MXN.
Los visitantes regresan por la constancia del sabor y la atención del personal. El ambiente es relajado y los cócteles, como el martini de yuzu, equilibran dulzura y acidez. La atención al detalle se nota en cada plato; el sushi roll especial, servido con una fina lámina de aguacate, tiene un precio de $180 MXN y se derrite en la boca. La combinación de técnicas japonesas con toques de la cocina mexicana crea una experiencia única.
Al cerrar la noche, el patio se vuelve más tranquilo y el sonido de la ciudad se atenúa. Los últimos comensales disfrutan de un postre de matcha, una crema ligera. Salir del Kintaro al final de la noche. y caminar por la calle Ignacio Allende deja una sensación de haber descubierto un rincón donde Japón y Oaxaca se encuentran.
Kintaro sigue siendo un refugio para los amantes del sushi que buscan calidad. Cada visita refuerza la idea de que la cocina japonesa puede sentirse como en casa. La próxima vez que pases por la zona, detente y prueba el ramen de mariscos.






