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Close-up of a Mexican memela served on a vibrant woven tablecloth with silverware in Oaxaca.Destacado

Brunch con alma en El Farolito, Oaxaca

Una mañana de domingo en El Farolito se vuelve ritual; entre aromas de café y mole, los oaxaqueños encuentran su rincón de sabor.

A las siete de la mañana, el bullicio ya se cuela por la puerta de El Farolito. El olor a café recién molido se mezcla con el perfume ahumado del mole que cuece en la cocina. En la pequeña terraza, una pareja de locales revisa el menú de pizarra mientras el sonido de la calle se cuela entre risas y el tintinear de tazas. La escena se siente como un latido constante de la ciudad, y yo, con una mesa al sol, observo cómo los clientes se acomodan, saludándose como si fueran viejos amigos.

El Farolito nació hace una década cuando su fundadora, Mariana, decidió combinar la tradición del desayuno oaxaqueño con la energía del brunch internacional. El plato estrella, los huevos al gusto con mole negro, se sirve caliente, conservando su calor. El huevo, de yema líquida, se funde con la profundidad del mole, que combina chocolate, chiles secos y especias; la primera cucharada es una explosión de dulzura amarga, picor y una textura aterciopelada que deja la boca pidiendo más. Todo por MX$85, un precio que muchos clientes consideran justo para la calidad.

Los visitantes habituales vuelven por la “tostada de chapulines” que acompaña el brunch. La tostada crujiente, cubierta con una capa de frijoles refritos, queso Oaxaca y una lluvia de chapulines tostados, ofrece un contraste entre lo crujiente y lo salado. Algunos comensales dicen que el crujido del chapulín les recuerda a los mercados de la ciudad, y que la combinación les hace “sentir el corazón de Oaxaca en cada bocado”. Un tercer cliente asegura que el café de olla, servido en taza de barro, tiene “un toque de canela que despierta los sentidos”.

El interior del local mantiene una estética sencilla, con una barra donde se preparan los platos al momento. La camarera conoce los nombres de los clientes habituales y sugiere el jugo de guayaba recién exprimido para acompañar el brunch. En la hora del almuerzo, la terraza se llena de estudiantes universitarios y trabajadores del centro, todos buscando una pausa deliciosa antes de seguir con su día.

Al cerrar la visita, el sol ya está alto y el aroma del mole se vuelve más tenue, pero el recuerdo persiste. Salgo del Farolito con la sensación de haber probado una pieza de la cultura oaxaqueña, servida en un plato de brunch que respeta la tradición y la reinventa. La próxima vez que el reloj marque las siete, volveré a la mesa de siempre, sabiendo que allí, entre café y mole, el día comienza con el mejor sabor de la ciudad.

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