A las siete de la tarde, la calle 35A vibra con el sonido de pasos apresurados y el repiqueteo de vasos de michelada. Dentro, el aire se llena de una mezcla de brisa marina y humo de leña; el mostrador de madera cruje bajo el peso de cubetas de hielo que guardan camarones frescos. Los clientes se acomodan en mesas de colores vivos mientras el chef, con una sonrisa, corta finas láminas de pulpo que chisporrotean al contacto con el carbón.
El plato estrella, el ceviche de camarón, llega en una copa de vidrio clara, cubierto de jugo de limón que brilla como espejo. Cada camarón está firme pero tierno, la carne se deshace al contacto con la lengua mientras el toque de coco y chile le da una calidez inesperada. El precio ronda los 180 pesos, un valor justo para la explosión de frescura que ofrece. A su lado, una porción de panuchos crujientes, rellenos de frijol negro y cubiertos con lechuga, salsa de tomate y una lluvia de cebolla encurtida, completa la experiencia.
Los visitantes habituales hablan de la “cymbalada de sabores” que se despliega en cada bocado. Uno comenta que el octopus a la parrilla, bañado en una salsa de mantequilla y ajo, tiene una textura que recuerda a la carne de res, pero con la delicadeza del mar. Otro recuerda la bisque de coco, una sopa cremosa que combina la dulzura del coco con la profundidad del caldo de mariscos, perfecta para los días de lluvia. Un tercer cliente destaca los camarones al ajillo, servidos en una sartén de hierro fundido, donde el aroma a ajo y el chisporroteo del aceite hacen que el hambre sea imposible de contener.
Fundado por la familia Chichí hace más de una década, el restaurante se ha convertido en un punto de referencia para los meridanos que buscan autenticidad. La fachada de ladrillos rojos y el letrero en neón verde invitan a pasar, mientras que el interior, decorado con redes de pesca y fotografías en blanco y negro de la costa, cuenta una historia de tradición y pasión. Abren de lunes a sábado de 12 a 7 PM y los domingos hasta las 8 PM, ofreciendo un menú que combina lo clásico con toques contemporáneos, como el chilpachole de pescado, una sopa picante que calienta el cuerpo y el alma.
Al final de la noche, cuando la última mesa se levanta y la calle se vuelve más silenciosa, el aroma a carbón todavía persiste. El chef apaga la parrilla y se despide con un “¡Hasta mañana!” mientras los clientes salen con la sensación de haber probado el mar en su forma más pura. Volveré a Los Mariscos de Chichí, no solo por el ceviche, sino por la energía que se respira en cada rincón, por la gente que lo hace vivo y por la promesa de que cada visita será una nueva ola de sabor.






