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A tranquil view of Mérida's iconic cathedral from a picturesque city park.Destacado

Una mañana en Starbucks Paseo Montejo

Descubro por qué el Starbucks de la avenida Montejo se ha convertido en mi rincón favorito de Mérida.

A las siete de la mañana el patio del Starbucks en Paseo Montejo ya vibra con el sonido de tazas chocando y la bruma ligera de café recién molido. La gente pasa con sus bolsas de mercado, algunos con sombreros de ala ancha, otros con laptops bajo el brazo. El aroma de espresso se mezcla con el perfume de jazmín que brota de los maceteros del frente, creando una atmósfera que invita a quedarse.

El edificio conserva la fachada de una casa colonial, con su arquitectura distintiva. Las mesas exteriores están cubiertas por sombrillas, y el suelo refleja la luz del sol. Dentro, la barra brilla bajo la luz; el personal, siempre sonriente, prepara bebidas con gran precisión. La terraza es un punto de encuentro para reuniones de trabajo y para charlas de vecinos que se detienen a charlar mientras esperan su orden.

Mi elección siempre es el Frappé de caramelo, un vaso de 350 ml que cuesta $85 y que llega con una capa de crema batida y un chorrito de salsa de caramelo que se desliza lentamente. El primer sorbo es frío y dulce, la textura cremosa se funde con los granos de café tostado, y el toque de caramelo aporta una calidez que contrasta con el frescor del hielo. Cada trago deja una sensación aterciopelada en la lengua, y el final ligeramente amargo del espresso equilibra la dulzura.

“El mejor frappé que he probado en la ciudad, la crema está perfecta” escribe Ana en una reseña de 2023. Otro cliente, Luis, comenta: “El patio es mi refugio para leer el periódico mientras disfruto mi latte”. María, que suele venir antes del trabajo, señala: “El Wi‑Fi es rápido y el ambiente tranquilo me ayuda a planear mi día”. Estos comentarios revelan por qué la gente vuelve: la combinación de buena bebida, espacio cómodo y un servicio amable.

Al cerrar la tarde, el sol se cuela y las sombras se alargan sobre las mesas. El ruido de la calle disminuye, y el murmullo de conversaciones se vuelve más tranquilo. Me quedo un momento más, observando el ambiente mientras se sirven los últimos cafés. Salgo con la sensación de haber encontrado un pequeño oasis en medio del bullicio de Mérida, listo para volver mañana y seguir disfrutando de ese ritual cotidiano.

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