A las siete de la mañana el sol apenas asoma sobre la avenida y la calle 23 A se llena de aromas dulces y salados. En la entrada de Antica Roma, la puerta de madera cruje mientras los clientes se agolpan alrededor de las mesas de hierro. El perfume del pan recién horneado y la salsa de tomate cocida lentamente se mezcla con el murmullo de conversaciones en español e italiano. Un repartidor de tamales pasa rápido, pero la atención está en la fila que avanza hacia la vitrina donde se exhiben los fettuccine recién tirados.
Dentro, el interior es una mezcla de luz natural y lámparas colgantes que crean sombras suaves sobre los manteles a cuadros. Las mesas de madera gastada cuentan historias de cientos de cenas; las paredes, adornadas con fotografías en blanco y negro de la vieja Mérida, hacen que el tiempo parezca detenerse. En el mostrador, el chef Mario, con su delantal manchado de harina, prepara la pasta al momento, estirando la masa con un movimiento que parece una danza. Un cliente comentó: “El sabor del fettuccine me recordó a la infancia, la textura es perfecta y la salsa abraza cada hebra”.
El plato estrella, el fettuccine al ragú de carne, llega a la mesa con una presentación sencilla: una cama de pasta dorada, bañada en una salsa roja espesa que destila aromas de hierbas frescas y vino tinto. Cada bocado combina la suavidad de la pasta con la robustez de la carne, mientras el queso parmesano rallado añade un toque salado que despierta los sentidos. Otro comensal, tras probarlo, exclamó: “Esta pasta es accesible y deliciosa, una verdadera joya para el bolsillo”. El precio ronda los 150 $, lo que lo sitúa en un rango medio que permite a los meridanos disfrutar sin culpa.
Durante la tarde, el local se vuelve punto de encuentro para estudiantes y profesionales que buscan un espacio tranquilo para trabajar o conversar. La señal de Wi‑Fi parpadea en la esquina mientras el sonido de una canción italiana suena de fondo. Un tercer visitante dejó su reseña diciendo: “El ambiente romántico y la atención de Mario hacen que cada visita sea una celebración”. La carta también incluye ensaladas frescas, bruschettas y una selección de vinos que complementan la comida, pero la mayoría vuelve por el fettuccine, que se ha convertido en una especie de ritual diario.
Al caer la noche, la luz tenue del interior se refleja en los cristales de la calle, y el aroma del pan sigue flotando en el aire. Salgo del restaurante con la sensación de haber sido parte de una escena cotidiana pero especial, donde la pasta une a desconocidos bajo el mismo techo. Antica Roma no es solo un restaurante italiano; es un refugio donde la comida, la historia y la gente de Mérida se encuentran en cada plato, creando recuerdos que perduran mucho después de la última cucharada.






