A las siete de la tarde, la luz dorada se cuela por las grandes ventanas de Quattro Gastronomia Italiana. El sonido de la calle se mezcla con el chisporroteo de la cocina y el perfume de hierbas frescas que invita a cruzar el umbral. En la barra, un par de amigos discuten el día mientras el camarero coloca una tabla de aceitunas y pan artesanal. El ambiente huele a ajo, tomate y el mar, y ya siento que la noche será una celebración del Mediterráneo.
El menú gira en torno a platos que recuerdan las costas de Italia y Grecia. El risotto de mariscos, servido en un cuenco de cerámica blanca, lleva camarones, calamares y una pizca de azafrán que tiñe el arroz de un dorado profundo. Cada bocado es cremoso, con la textura del arroz al dente y el toque salado del mar. El precio ronda los MXN 750, dentro del rango de 700‑800 que indica la carta. Otro favorito es la pizza de jamón serrano y rúcula, la masa fina cruje al cortar y la rúcula aporta frescura. Los clientes suelen volver por la consistencia del sabor y la atención sin prisas del personal.
Los comentarios en línea hablan de una experiencia que va más allá de la comida. Un visitante escribe que el servicio “te hace sentir como en casa, como si el camarero fuera un viejo amigo”. Otro destaca que “el ambiente es perfecto para una cena romántica, la luz tenue y la música suave crean el clima ideal”. Un tercer reseñador menciona que “el risotto es el mejor que he probado fuera de la costa, cada grano de arroz está impregnado de sabor”. Estas voces reflejan la personalidad cálida y relajada del lugar, donde la calidad se siente en cada detalle.
Detrás de Quattro hay una historia de familia que llegó a México hace una década. Los fundadores, amantes de la cocina mediterránea, decidieron abrir un espacio que combinara la tradición italiana con la energía de la ciudad. La decoración mezcla madera clara y azulejos azules, recordando las casas de pescadores del Adriático. En la cocina, el chef corta los ingredientes al momento, lo que garantiza frescura y sabor auténtico.
Al volver a la escena inicial, el reloj marca las ocho y la terraza se llena de risas. El aroma del risotto sigue flotando, y el camarero sirve una última ronda de vino blanco seco, perfecto para acompañar el plato. Salgo de Quattro con la sensación de haber viajado a la costa sin tomar un avión, con la certeza de que volveré, quizás a la misma hora, para reencontrarme con ese rincón mediterráneo que ha encontrado su hogar en la CDMX.






