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Una noche de pizza en Cancino Coyoacán

Descubre el encanto de la pizza artesanal de Cancino Coyoacán, donde la masa cruje y los sabores locales se encuentran en cada rebanada.

A las ocho de la noche, el aroma a masa recién horneada se cuela por la puerta de Cancino Coyoacán. La calle Malintzin vibra con el murmullo de los vecinos que cruzan el parque, y dentro, la barra está cubierta de botellas de clericot y una mesa de madera espera al próximo comensal. El sonido de la masa golpeándose contra el mostrador acompaña la conversación de un grupo de amigos que celebran el fin de la semana.

La historia de Cancino empezó cuando dos hermanos, amantes de la cocina italiana y la cultura mexicana, decidieron abrir una pizzería que sirviera algo más que la tradicional mozzarella. Hoy, su menú destaca la pizza de huitlacoche, una delicia de hongos del maíz que combina tierra y dulzura en una base crujiente. Cada porción llega cubierta de crema fresca, queso oaxaca y una lluvia de polvo de chile, creando una experiencia que muchos describen como “un choque de sabores inesperado pero perfecto”. La pizza diavola, con su salsa picante y salami curado, también es una favorita; un cliente escribe: “La picardía de la diavola me hizo volver una y otra vez”.

Los visitantes habituales hablan de la pizza bolognesa, cuajada en una salsa lenta de carne que recuerda a los domingos de familia. Un crítico local comentó: “El equilibrio entre la carne y el tomate es impecable, y la masa mantiene su crocancia hasta el último bocado”. Otro reseña menciona el postre: “El pastel de cacao es el cierre ideal, su textura húmeda y el amargor del chocolate hacen que el final de la cena sea memorable”. Los precios rondan los $200‑$250 pesos, una cifra justa para la calidad y el ambiente que ofrece el lugar.

El interior de Cancino combina luces cálidas con paredes decoradas con murales de artistas locales. Cada jueves, una banda de jazz toca en vivo, y la gente se sienta en la terraza para observar la calle mientras saborea una copa de margarita fresca. La atención es cercana; el personal conoce los nombres de los clientes habituales y sugiere la pizza del mes, que recientemente fue una versión con burrata y tomates cherry. Una reseña reciente dice: “Me sentí como en casa, el camarero me recomendó la burrata y fue la mejor decisión de la noche”.

Al cerrar, la última porción de pizza se sirve bajo la luz tenue del interior, y el olor a masa tibia persiste en el aire. Salgo del local con la sensación de haber vivido una cena que combina tradición y creatividad, con la música todavía resonando en la memoria. La próxima vez que el antojo de pizza aparezca, sé exactamente a dónde ir: a Cancino Coyoacán, donde cada rebanada cuenta una historia.

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