A las ocho de la noche, el bullicio de la calle Anaxágoras se vuelve una banda sonora de pasos y risas. Me detengo frente a la fachada de MANGIARE Pizza. Dentro, el ambiente es acogedor. Un grupo de amigos discute animadamente mientras el camarero coloca una bandeja de pizza Capriozzo en la mesa.
La historia de MANGIARE comenzó con dos hermanos que, tras años de viajes por Italia, decidieron traer a la Ciudad de México una versión auténtica pero atrevida de la pizza. El menú, accesible entre MX$100 y MX$200, incluye la famosa Capriozzo, una pizza con salsa de tomate, mozzarella, jamón, champiñones y una inesperada capa de higos frescos que, según los comensales, “añade un toque dulce que equilibra la salinidad”. Otro favorito es la pizza de jalapeño poppers, donde los jalapeños rellenos de queso se funden con la masa crujiente, creando una explosión picante que deja a los clientes pidiendo otra porción.
“El sabor del higo en la pizza es inesperado y delicioso”. “Los jalapeño poppers son la mejor combinación de picante y cremosidad que he probado”. “El ambiente es cómodo y el personal siempre amable, hacen que la experiencia sea más que una comida”. La gente vuelve por la calidad de los ingredientes y la sensación de estar en un espacio donde la comida y la conversación fluyen sin prisa.
En el menú también aparecen opciones como la pasta Alfredo, que acompaña a la pizza para los que buscan un toque italiano más tradicional, y empanadas de queso que sirven como entrante. Los italian sodas, de sabores como naranja sanguina, refrescan entre bocado y bocado. Cada plato se mantiene dentro del rango de precios medio, lo que permite a los clientes disfrutar de una experiencia gourmet sin romper el bolsillo. La atención al detalle se nota en la presentación de la pizza Capriozzo.
Al final de la noche, cuando el último cliente se despide y el reloj marca las once, la cocina de MANGIARE sigue trabajando, preparando la masa para el día siguiente. Salgo del local con el recuerdo del aroma a masa y el sabor dulce‑salado del higo que aún persiste. La escena inicial se repite en mi mente, pero ahora con la certeza de que cada visita es una conversación entre tradición y creatividad, servida en cada rebanada.






