A las ocho de la noche, el sonido de las copas chocando y el murmullo de conversaciones se mezcla con el perfume de mantequilla y ajo que sale de la cocina de Ristorante Arte Italia. La terraza del restaurante está iluminada por faroles amarillos, y una pareja de locales discute animadamente sobre la mejor forma de comer fettuccine. Yo me acomodo en una mesa cerca de la ventana, donde la calle Av. Benito Juárez 520 se ve a través del cristal empañado por el vapor de la cocina.
El interior combina madera oscura y paredes decoradas con cuadros de paisajes italianos, un guiño a la herencia del chef, que estudió en Florencia antes de instalarse en Oaxaca. En la barra, el camarero sirve una bruschetta de tomate y albahaca que cruje bajo la cuchara. El menú, disponible en línea, muestra una selección de pastas, risottos y pizzas, pero la verdadera estrella es la pasta hecha a mano. La historia del lugar se cuenta en cada detalle: la mesa de madera proviene de una bodega de vino en la Toscana y el aceite de oliva se importa directamente de la región de Umbría.
El plato que me atrajo fue el fettuccine al trufa, precio 210 pesos. Los fideos se sirven al dente, bañados en una salsa cremosa perfumada con trufa negra y coronados con láminas de parmesano recién rallado. Cada bocado combina la suavidad de la pasta con el aroma terroso de la trufa, mientras una pizca de pimienta negra le da un leve picante. Los comensales describen el fettuccine al trufa como una explosión de sabor, con la trufa presente en cada fibra de la pasta. Muchos clientes afirman que la carbonara es excepcionalmente cremosa y que el toque de panceta está perfecto. Los visitantes destacan la frescura de la burrata, que se derrite en la boca, y el contraste ideal con el pan crujiente.
Además del fettuccine, la carbonara (180 pesos) y la burrata con tomates confitados (150 pesos) forman parte del menú. Los comensales aprecian la consistencia del producto, destacando la frescura de los champiñones y el equilibrio de la salsa de espinacas. El servicio es ágil y atento; el camarero explica cada plato y sugiere un vino blanco de la casa que complementa la trufa. La experiencia combina sabores y recuerdos, y el ambiente invita a permanecer más tiempo, especialmente durante la cena, cuando la música suave de jazz italiano llena el espacio.
Al cerrar la noche, el aroma de la pizza recién horneada se mezcla con el perfume de trufa que permanece en el aire. Salgo del restaurante a las once, sintiendo que he viajado a Italia sin salir de Oaxaca. La calle está más tranquila, y el letrero de Arte Italia brilla bajo la luz, recordándome que la auténtica cocina italiana está presente en cada esquina del Centro, lista para una nueva visita.






