Era una tarde de sábado, alrededor de las 7 PM, cuando llegué a Pizza Mía. Un letrero iluminado marcaba la entrada, y el aroma de la pizza se filtraba por la ventana. Dentro, la música ambientaba el espacio mientras los clientes, jóvenes y mayores, compartían mesas de madera. Los sonidos y las risas creaban una atmósfera acogedora que invitaba a quedarse.
Al acercarme al mostrador, el menú ofrecía una variedad de pizzas, destacando la "Pizza de camarones al ajillo". Los camarones reposaban sobre una base de queso mozzarella fundido. La salsa, con ajo y un ligero picor, cubría cada ingrediente. El precio de MX$120 la hacía accesible para una cena informal, y el sabor justificaba el gasto. Un cliente comentó: “Cada bocado es una fiesta de mar y fuego, nunca había probado algo así en Oaxaca”.
Se destaca la combinación de sabores y el ambiente. Una familia que volvió varias veces escribió: “El espacio es acogedor, la música nos hace sentir como en casa y la pizza siempre está perfecta”. Otro visitante, turista de la CDMX, señaló: “Pizza Mía es el punto de encuentro para los amantes del rock y la buena pizza; el servicio es rápido y amable”. Un local, que frecuenta el lugar desde su apertura, recordó: “Recuerdo la primera vez que probé la pizza de camarones, el sabor me transportó a la costa, y desde entonces vuelvo cada viernes”. Estas voces revelan por qué la gente regresa: la calidad constante, la atención cálida y la vibra musical que convierte una cena en una experiencia.
Detrás del mostrador, Alejandro comparte su historia. Creció en la zona rural de San Bartolo Coyotepec y aprendió a cocinar con su abuela. Decidió combinar su amor por la música con la pizza, creando un lugar donde la música acompaña al proceso de hornear. La cocina, visible desde el salón, muestra el horno donde la pizza se hornea rápidamente, obteniendo un borde apreciado por los clientes. La combinación de tradición familiar y cultura urbana le da a Pizza Mía un carácter único.
Al cerrar la noche, la música se redujo y las luces se atenuaron. Los últimos comensales, aún con las manos manchadas de salsa, conversaban sobre la próxima visita. Yo me quedé un momento más, pensando en cómo un simple plato puede unir a gente de diferentes edades y orígenes. Salí de Pizza Mía con la certeza de que volveré, quizá para el almuerzo, para revivir la misma escena que empezó mi tarde.






