A las siete de la mañana, la calle Miguel Hidalgo ya vibra con el sonido de los pasos apresurados y el olor a café recién molido que se cuela por la puerta de Casa Taviche. Dentro, una fila de mesas de madera ocupa el salón y los clientes discuten animados mientras esperan el menú del día. El sol entra por la ventana alta y pinta sombras sobre los platos que llegan calientes, como la tlayuda de tasajo, cubierta de frijoles negros, queso fresco y una capa de salsa de chile de árbol que chisporrotea al contacto.
El menú del día cambia según la temporada, pero siempre incluye una tlayuda que se ha convertido en la carta de presentación. La masa, delgada y crujiente, sostiene una capa de frijoles refritos que se derrite al tocar el queso Oaxaca. Sobre ella, el tasajo —carne de res curada— se corta en tiras finas y se reparte uniformemente. Cada bocado combina la textura firme del tasajo con la suavidad del aguacate en cubos, y el toque ahumado del mezcal que el camarero vierte al final. El precio ronda los 150 $, lo que lo sitúa cómodo dentro del rango de 100‑200 $ del restaurante.
Los visitantes repiten la visita por la misma razón que los locales: la atención sin pretensiones y el sabor auténtico. “La tlayuda de Casa Taviche es una explosión de sabor”, comenta Ana M. según los comensales. Carlos R. añade: “El mezcal que sirven complementa perfectamente la comida, y el ambiente te hace sentir como en casa”. Lucia G. escribe: “El personal siempre tiene una sonrisa y recomienda la ensalada de aguacate con chia, que es fresca y ligera”. Estas voces reflejan una comunidad que valora la comida oaxaqueña servida con calidez.
Detrás del mostrador, la historia de Casa Taviche se remonta a una familia que decidió abrir sus puertas en 2015, buscando ofrecer un espacio donde la tradición se encontrara con la modernidad. El interior conserva paredes de adobe y una barra de madera tallada, mientras que en la cocina se ve el comal de hierro fundido donde se preparan los platos al instante. Los viernes, el local se llena de estudiantes y trabajadores del centro, todos esperando el plato de portobello y tuna que aparece como opción vegetariana en el menú.
Al caer la tarde, la luz dorada vuelve a la fachada y el bullicio se vuelve más relajado. Los últimos clientes se despiden con una copa de mezcal y una porción de pastel de elote, mientras el aroma a cacao y maíz se queda impregnado en el aire. Salir de Casa Taviche a las ocho de la noche significa llevarse una pieza de Oaxaca bajo el brazo, una sensación que solo se logra cuando la comida, la gente y el espacio se alinean en perfecta sintonía.






