A las siete de la mañana, el olor a café recién molido se cuela por la puerta de 274 Café. Los clientes habituales se acomodan en mesas de madera, algunos con sus laptops, otros con el periódico bajo el brazo. El sonido de la máquina de espresso marca el ritmo del barrio, y el ambiente del interior invita a quedarse un rato más.
El menú, accesible desde la página del café, muestra una lista de bebidas que van del clásico cappuccino al frappé de maracuyá. El cappuccino, preparado con leche entera y una espuma que se mantiene firme, llega con una pizca de cacao en polvo que se disuelve al primer sorbo. Un cliente escribe: "El cappuccino tiene una espuma perfecta, dulce y cremosa, como si fuera un abrazo". Otro visitante, amante de lo salado, prueba la baguette con cochinita pibil y comenta: "La carne está tierna, la salsa picante equilibra el pan crujiente, una combinación que vuelve a mi infancia". Una tercera reseña menciona la tranquilidad del lugar: "El ambiente es calmado, el personal amable, perfecto para leer o trabajar".
Detrás del mostrador, el equipo de 274 Café se mueve con una coordinación que parece coreografiada. La propietaria, originaria de la zona, decidió abrir el local después de años trabajando en la industria del café en la capital. Su visión era crear un espacio donde la gente pudiera disfrutar de una buena taza sin prisas. La decoración refuerza esa sensación de hogar. Los precios se sitúan dentro del rango $1–100, lo que permite a estudiantes y profesionales elegir sin dudar.
Al mediodía, la calle se llena de estudiantes de la Universidad de Oaxaca y de trabajadores del centro. El aroma de la cochinita se mezcla con el del café, y la fila para la baguette se alarga. Un cliente señala: "Vengo todos los días porque la baguette con cochinita es la mejor de la ciudad". La atención del personal sigue siendo rápida; sirven la orden en menos de diez minutos, y siempre con una sonrisa. La limpieza del local es otro punto que destaca la gente: "El espacio siempre está impecable, lo que hace la experiencia aún mejor".
Al caer la tarde, el café se vuelve un punto de encuentro para conversaciones más largas. El ambiente crea sombras suaves en las paredes, y el sonido de tazas chocando acompaña las risas. Un grupo de amigos pide el frappé de maracuyá, describiéndolo como "refrescante, con el toque justo de acidez y dulzura". Cuando el reloj marca las nueve, la puerta se cierra y el equipo apaga la máquina, dejando atrás el eco de una jornada llena de sabores y momentos compartidos.
Salir de 274 Café a las ocho de la noche, con la calle ya tranquila, se siente como cerrar un capítulo de una novela que se escribe día a día. Cada visita deja una huella: la espuma del cappuccino, el crujido de la baguette, la amabilidad del personal. Es un lugar que invita a volver, no solo por la bebida, sino por la sensación de pertenencia que se respira entre sus paredes.






